En un ataque de felicidad extrema ante la entrada de año nuevo, de gentileza única que nos otorga la navidad con sus villancicos, me toca a mí ser la nota discordante que tiña de gris esta rosada realidad. No todas mis entradas iban a ser cómicas. Hay una época en la que estoy triste. Tan triste, que no puedo ni llorar.
En mi tradición privada, en lugar de mirar con esperanza el año nuevo, examinó el que quedó atrás mientras me despido de todo lo que me regaló. Es así como extraño las sensaciones que nos han acompañado desde que éramos niños y que la mayoría, tiene olvidadas en un rincón de su cerebro.
Por ejemplo, seguro que habéis olvidado cuando íbamos por la calle con una mochila más grande que nosotros, donde llevábamos nuestro peso en libros para un día de clase. No como los flojuchos de ahora, que el que no tiene taquilla en el instituto le ponen una mochila con ruedecitas para que no se haga daño. Si es que no me extraña que luego les falte fuerza a los pobres.
























