viernes, 12 de diciembre de 2014

El momento de Sara 2

La mano que acarició su espalda mientras la arrancaba de los brazos de Morfeo consiguió que Sara sacase su primera sonrisa. La tentación de quedarse allí quieta haciendo como que seguía dormida cesó tan pronto su espalda empezó a ser recorrida por una boca hambrienta y la mano juguetona recorría el contorno de sus muslos.

—Sé que estás despierta —murmuró al oído una voz de hombre tan agradable como sensual—. Sé que estás despierta y que quieres ser mi desayuno.

Gimió de placer cuando sintió como la mordía en el hombro mientras la abrazaba compartiendo con ella un calor abrasador.

—Es muy temprano para estas cosas —protestó con voz débil deseando que no la hiciese caso.

Que su amante, ignorándola, se metiese debajo de las sábanas para ir en la búsqueda y exploración de su placer solo consiguió que se sintiese mejor. Y, aunque sabía que no debía hacerlo, aprovechó para mirar al espejo situado en el techo para ver la imagen pintada en aquella cama.

Estaba irreconocible con el pelo corto. Sonrió coqueta mordiéndose el labio inferior a la par que apretaba las sábanas para no gemir de placer con las explosiones de sensaciones que aquel hombre era capaz de sacarla solo con la lengua. Los espejos no mienten, pero aquella mujer que reflejaba no era ella. Ella no tenía esa expresión paradisíaca cuando estaba en la cama, nunca tenía el fuego que veía en los ojos de su reflejo pervertido y ni siquiera en sus más ardientes fantasías se había visto tan sensual.

Lo único que la impidió llegar a un clímax completo fue la vibración del móvil en el interior de sus vaqueros. Estaba sonando, como varias veces esa noche, y aunque debía ignorarlo una parte de su cerebro quería contestar. En el espejo la sonrisa empezó a tener vestigios de culpa y sus pensamientos volaron lejos del placer.

—Cógelo —demandó el chico sacando la cabeza de debajo de las sábanas con un tono de voz acusador—. Cógelo y salgamos de esto.

—No hace falta. Sigue… —Empujó la cabeza de su compañero como para atestiguar que no iba a responder y al ver que oponía resistencia suspiró cansada—. No me digas que lo he vuelto a estropear.

Que Rafael se levantase y comenzase a vestirse no era buena señal; aunque no hubo ninguna duda de cómo se sentía ante el rencor con que la lanzó sus pantalones que aún seguían vibrando.

—Lo siento —murmuró angustiada—. No quería…

—Coge el móvil y punto.

Una noche. Eso es todo lo que habían aguantado sin discutir. Ayer, cuando salió de casa dispuesta a cambiar su vida, se había propuesto ser otra persona. Cambiar a mejor. La fiebre le había durado menos de doce horas antes de que…

—Adelante. —Rafael ni siquiera la dio oportunidad de decir nada cuando salió por la puerta como un rayo.

La dolía la cabeza. Dejó el móvil vibrando sobre su pecho mientras analizaba a la mujer del espejo como a la desconocida que era. El vicio de su cara había pasado y la chica mostraba ahora una amargura y una preocupación demasiado reales.

El teléfono dejó de moverse pero no acalló las emociones que había despertado. Cuando a los veinte segundos volvió a sonar pulsó la tecla para responder y permaneció a la escucha en silencio.

—¿Cariño? ¿Estás ahí?

No quería decir nada. No soportaba la idea de hablarle después de la decisión de anoche, pero se lo debía.

—Sí.

—¿Se puede saber qué ha pasado? Esta noche no has venido y el cuarto de baño estaba lleno de pelos. Estaba preocupado… He llamado a todo el mundo e incluso he intentado llamar a la policía. ¿Se puede saber que ha ocurrido?

—Nada.

—¿Cómo que nada? No has venido en toda la noche, algo te habrá pasado.

—No me sentía bien. Necesitaba algo de tiempo y espacio y... no sé, me fui a dormir fuera.

—¿Y no sabes llamar y decírmelo? No te imaginas la angustia que he pasado.

—Lo siento.

El suspiro al otro lado del aparato no supo decir si era de alivio o cansancio.

—¿Cuándo volverás?

«Nunca»

El pensamiento era demasiado duro. Estaba segura de que si lo decía le rompería el corazón o, lo que era peor, volvería aquella aventura algo real.

—Esta tarde.

Desde la puerta de la habitación, Rafael, la estaba mirando con esa expresión que ella nunca sabía reconocer. Deseaba disculparse, decirle lo mucho que lo sentía para no verle enfadado y tan serio, aunque no lo haría. Si decidía sacarla de su vida sería lo mejor para ambos porque ella… ella era incapaz de hacerlo.

Contestó con monosílabos a las preguntas de su marido y colgó cuando le hubo tranquilizado. Bajó su mirada al suelo cuando se levantó de la cama y empezó a vestirse.

—¿Te vas? —preguntó Rafael.

—Estoy segura de que ahora mismo no me quieres aquí.

—Ya sabes que es lo que quiero. —Ella se negó a mirarle—. ¿Y lo que me dijiste ayer en qué queda? —No quiso contestarle—. Es que se me hace raro.

—¿El qué se te hace raro? —preguntó molesta—. No sé cómo combatir lo que siento, cuando estoy allí quiero estar contigo cuando estoy aquí pienso en él.

—¿Y por qué no lo arreglas dejándome dinero en la mesita? Vienes cada poco tiempo, te follo, me pagas y te vas. Todos salimos ganando.

No quería mirarle a la cara; pero lo hizo. La expresión de Rafael no era de odio ni de dolor, ni tan siquiera parecía molesto, su cara decía que tan solo estaba decepcionado.

—No me hagas esto… —pidió—. Estoy haciendo todo lo que puedo.

—Hemos terminado.

—Por favor… —No quería suplicar, era demasiado orgullosa para ello, pero allí no había espacio para el orgullo—. No…

—¿Quieres jugar? ¡Pues juguemos, pero ahora será con mis reglas! —El dolor con aquella frase no disimulaba la ira con que pronunciaba las palabras—. A partir de ahora se acabó lo de ser un buen chico; si quieres estar conmigo tendrás que hacer lo que yo diga o no querré verte más ¿te ha quedado claro?

El orgullo luchaba a muerte contra el dolor de perder a aquel hombre. Era una batalla que nunca se había planteado tener y se sintió derrotada cuando accedió a sus condiciones.

—Lo haré.

martes, 25 de noviembre de 2014

El momento de Sara

La voz de la conciencia dormía tranquila esa mañana. El veneno de las palabras con las que cada día la juzgaba aún estaba en fase rem y no parecía que estuviese preparada para molestarla en un buen rato. Tener ese momento de paz interior era algo extraño y relajante; así que cuando Sara se puso en pie vislumbró lo que era sentirse bien por primera vez en mucho tiempo.


Al mirarse en el espejo, este, le devolvió una imagen de una chica escuálida y con ojeras de no haber dormido bien la noche anterior. El pelo negro enmarañado en un peinado imposible era algo con lo que tendría que luchar más tarde. Desnuda, tal y como estaba, se metió a la ducha para que el agua fría estimulase su cuerpo. Apoyó las manos contra la pared y se relajó mientras las caricias de la lluvia improvisada la limpiaban.


Ni siquiera el placer del momento disminuyó el dolor de cabeza perpetuo que sentía. Las migrañas no se tomarían ni siquiera un segundo de descanso por respeto a ella. Se frotó la sien antes de salir, coger una toalla y secarse. Tenía demasiado que hacer y nada podía frenarla.


Corrió a la cama desnuda y se lanzó sobre ella como cuando era niña y podía volar. La curva de sus labios vistió su cara con una sonrisa cuando cogió el móvil y llamó al trabajo.


—¿Señor Wesslech? Soy Sara, la monitora de Erin. —Esperó las frases de rigor mientras continuaba frotándose la sien—. Solo llamo para informar que hoy no iré a darle clase. Me ha surgido algo que no puedo cancelar.


Oyó con paciencia los lamentos de su jefe mientras se examinaba las uñas, color rojo pasión, hasta que colgó. Necesitaba retocarlas. Un ligero brillo después y estarían listas de nuevo. El pelo es lo que la tenía dubitativa. Tardaría una hora en arreglárselo y no quería perder tanto tiempo.


En la cocina, en el tercer cajón de la encimera, estaban las tijeras. Solo necesitó un segundo y un ligero movimiento de dedos para cortar esa melena que despertaba pasiones y admiraciones entre sus amistades. Se miró en el espejo con aire crítico, aunque el corte estaba lejos de ser perfecto le serviría.


Ni siquiera iba a vestirse. No tenía ni ganas ni tiempo. Se puso un abrigo grueso sobre su piel desnuda y salió a la calle con sus zapatos de tacón para que el frio del día la recibiese con los brazos abiertos.


Podía coger su coche pero no se sentía en condiciones de conducir. Al mirarse las manos le temblaban ligeramente y su concentración no podía estar en la carretera en estos momentos. El dolor en el pecho la hizo sentir que su corazón aún bombeaba y que tenía una última oportunidad antes de que se detuviese. Sacó el móvil del bolso y llamó a un taxi. Le citó varias calles por delante para poder caminar un poco y que el frío se extendiese por todo su cuerpo como un cálido manto que la abrazase y la impidiese continuar.


Pero no lo hizo. En su lugar solo la hizo acurrucarse en el interior del taxi donde el conductor, un hombre de unos sesenta años y que la miraba como si ella fuese una loca más, le pidió una dirección. Se la dio con los ojos cerrados; no necesita mirar en los ojos del desconocido el error que estaba cometiendo.


Los quince minutos exactos que tardaron se le hicieron demasiado cortos. Ni siquiera los semáforos colaboraron poniéndose en rojo como señal de que no debía seguir adelante; que tenía que bajar de ese coche, volver a casa a vestirse e ir a trabajar como cada mañana desde que tenía memoria. Ella no era así… nunca haría eso en su sano juicio. A lo mejor esa loca que había visto el taxista era real y se había dado cuenta ahora. Aún estaba a tiempo… solo tenía que dar media vuelta y…


—Hemos llegado —le informó aquel cabrón como si quisiera frustrarla sus planes de seguir siendo la misma.


Suspiró tendiendo un billete de cincuenta y no esperó a las vueltas. La calle vacía era su último refugio. Su momento final antes de que el mundo entero cambiase para bien o para mal. Tenía que pensarlo, que decidir.


Sus pies no quisieron darla opción y se pusieron a caminar sin su permiso. A cualquiera que la hubiese mirado le hubiese dado la impresión que a medida que subía las escaleras piso a piso, se había negado a coger el ascensor, se dirigía al infierno. La puerta que debía haber sido de lava y custodiada por un cancerbero era en su lugar una puerta de madera con un tiesto y una flor seca.


Llamó tres veces. Ni dos ni cuatro y no sabía si eso era importante. Solo tres veces. Los pasos al otro lado eran fuertes y rápidos y antes de que nadie abriese la puerta Sara ya estaba preparada para salir corriendo.


—Tengo miedo —confesó a un chico moreno vestido en bata y descalzo con los ojos más azules que nunca había visto—. Estoy asustada y no me siento a gusto con lo que estoy haciendo pero si tú quieres intentarlo… —Aguardó el aire que necesitó antes de expulsar las palabras como si fuesen un insulto—… yo también te quiero.


El muchacho la miró sin decir nada y ella se obligó, sin éxito, a intentar mantener la cabeza alta.


—¿Qué ha cambiado de ayer a hoy?


La pregunta era lógica. Aunque no la esperaba. No sabía la respuesta correcta.


—Yo —anunció desatando su abrigo.


El muchacho se apartó y la dejó pasar.

 
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