viernes, 22 de agosto de 2014

Entre putas y cabrones

La guerra más antigua no es aquella en la que hubo ochocientos millones de muertos allí donde Napoleón perdió el sombrero. El motivo de la misma tampoco es algo tan banal como el dinero o conseguir más tierras para una misma nación. La verdadera naturaleza humana, la agresividad que llevamos marcada en nuestro ADN, está patente cuando juntas a las dos fieras más peligrosas de la creación, un hombre con una mujer.


Qué diablos…


Si el experimento era tan arriesgado que incluso Dios decidió expulsar a los únicos dos que conocía del paraíso para no arriesgarse a salir herido en un fuego cruzado. Desde entonces llevan peleando. Que si tú te comiste la manzana, que si tú también, que si te la ofrecí por si tenías hambre, que si lo hiciste por joder…


Horrible. Vamos, que visto el panorama hemos llegado al siglo XXI de casualidad. De estar cubiertos con dos hojas sujetas a nuestras partes ante la pasividad de la gravedad pasamos a conjuntos de Victoria´s Secrets y trajes de Armani sin aprender en el proceso como éramos.


De hecho, está tan mal visto que nos relacionemos entre sexos que tenemos nuestros propios apelativos cariñosos para esos traidores a su género.


¿Qué va con muchos hombres?


Que se puede esperar de ella, es una puta.


¿Qué va con muchas mujeres?


Por supuesto, el muy cerdo es un cabrón.


Así de triste es la vida. Así de ciegos vamos por el mundo que no somos capaces de ver más allá de nuestra entrepierna. Sin embargo, porque siempre hay un sin embargo entre mis líneas, hay otra realidad que no todos están dispuestos a reconocer. Yo la llamo… el lado oscuro del deseo.


A fin de cuentas es algo así como:


Él


Va con muchos hombres, menos conmigo. Con las ganas que tengo de meterme en su cama y enseñarla que no hace falta decir ni una palabra para que nuestras lenguas no dejen de moverse…


Ella


El tío es un cabrón… ¿por qué narices no se fija entonces en que hoy vine a verle sin ropa interior? ¿No nota que es la cuarta vez en cinco minutos que le hago la escena de instinto básico? Se me está congelando todo con este airecillo frío.


Sí, sí, sí… Son unos sinvergüenzas, debería darles asco, a mí ella/él no me gusta, me repugna lo que pueden hacer, no quiero ni saber cómo estará su cama… Se suele decir de todo hasta que el afortunado —afortunada en su defecto — nos elije. En ese instante, todo deja de importar mientras nos revolcamos en las sabanas con nuestro amante haciendo las posturas del Kama Sutra. Dos veces…


De hecho, cuando se llega a este punto da igual hasta meterla por los agujeros de los oídos que lo vamos a disfrutar. Porque en ese momento, somos lo que queremos ser. Ya sea bien putas o bien cabrones.


Entonces nos quejamos de gente que hace lo que quieren con quien quieren y como quieren ¿por?


Hay chiquitines. Que la envidia es muy mala...


La libertad moral, sexual y ética de la que tanto se habla y que luchamos por conseguir, consiste en comprender que no hay diferencia entre masculino o femenino. Que no porque disfrutes más en la cama eres una cosa o porque disfrutes menos eres otra. Que eso es otro asunto, estoy más que harto de escuchar historias de que si te gusta el sexo un poco más de la media eres ninfómana.


“Oye, no soy ninfómana. Soy una mujer que acepto mi cuerpo y lo disfruto sin los tabúes que quieren imponerme los demás.”


Es que no te gusta porque eres una frígida…


“No es que sea frígida. Es tan solo que tú no me pones lo bastante… existen posturas más allá del típico misionero y los dedos, sirven para algo más que para contar.


Otra que me fascina es la de:


"Es que él es un cerdo porque me la quiere meter por…"


Claaaroooo. Si será cabrón. Tú deseando darle cariño y amor y él no deja de dar por culo… yo que tú no le hablaba.


"Es que quiere que me lo trague y yo no soy una puta."


No pero ¿sabes lo que hace el alcohol a tu hígado? ¿Y la grasa de algunas comidas a las que no renunciarías en tu organismo? Puta no sé, pero a veces la gente parece tonta. Después de todo, lo que no se quieren tomar no es lo peor que han ingerido en su vida. De hecho, de vez en cuando, me gusta torturarles con un pensamiento: Estas al corriente de que cuando no te tragas una mosca un día cualquiera se te mete en la boca y se da una vuelta revoloteando ¿a que no aciertas cuál es su sitio preferido para pasear antes de visitarte?


Mierda… seguro que la pregunta es tan difícil que muchos no lo adivinan. Pero estoy convencido de que si lo descubren, tampoco montan el drama que hacen con algunas de sus parejas. Eso sí, después del drama viene el culebrón cuando uno de los dos dice la famosa frase de “es que me aburro”.


Ahí, tras diez años de relación, domingos de futbol y tardes de compras, viene la innovación. Descubrimos que algunas quieren un Grey en su vida y otros una Anastasia. Que algunos azotes vienen bien y que destrozar la mesa de la sala antes de que llegue un invitado a comer no es tan descortés como parecía. La ropa se puede ensuciar, las citas retrasar y las películas no ver, pero los momentos, esos que compartimos como buenas putas y auténticos cabrones, esos perduran en nuestra mente cómplice a cada mirada. A cada gesto y cada sonrisa que nos dedicamos.


Después de todo puedes llevar zapatos de tacón y la minifalda a la altura del ombligo que da lo mismo, eres la misma chica que cuando está con esa vieja camiseta de la adolescencia llora viendo por centésima vez Pretty woman. Podemos llevar trajes con corbata para parecer más serios mientras desnudamos con la mirada a la señorita de turno deseando conocer los secretos de su dormitorio, podemos fingir ser interesantes o serlo de verdad, podemos ser monógamos o polígamos. Da igual. No importa tanto como nos quieren hacer creer.


Al final, después de acostarte con una persona, cien o mil, será contigo mismo con quien te levantes. Contigo y tu conciencia. Así que si eso está bien ¿quién tiene derecho a meterse en tu vida? ¿Quién debe juzgarte?


Así que en lo que a mí se refiere todas sois unas putas y los demás unos cabrones. A todos nos gusta hacer cosas, cuando no sentirlas y cuando no soñarlas… a veces más, a veces menos. A veces con unos y a veces con otras pero siempre, siempre, siendo nosotros el centro del placer.


No os agobiéis, eso no es ni bueno ni malo, es como somos todos. Así que tranquilos y disfrutad. La vida es un viaje sin retorno por nuestra propia existencia y lo que debería importaros es saborear la miel de donde más os sacie. Sobre todo vosotras putillas, de corazón, os lo dice el más cabrón de todos los hombres.

jueves, 14 de agosto de 2014

Hoy

El fantasma que hay en mi habitación me persigue. Me habla de ti; de tu sonrisa, de tu mirada, del ardor de tus palabras y de las curvas de tu cuerpo, de la forma en que me abrazabas cuando creías que dormía, de la manera en que gimes cuando te excitas, del momento que nunca tuvimos y de todos aquellos que ya vivimos, de esa manera tan particular de sacarme la lengua cuando quieres chincharme, de los piropos que lanzas cada vez que me ves, de esa película que disfrutamos juntos y de las canciones que no bailamos, de las veces que pasé la punta de mis dedos por tu piel desnuda, de la primera vez que me hundí en tu mirada, de la última en que me sacié con tu boca, de las cenas a base de pizza y los desayunos a base de besos.


El fantasma que hay en mi habitación me persigue. Me habla de ti; en mi cama, en la cocina, en el salón, en la calle, en el cine, cuando estoy con alguien o cuando estoy a solas, me habla mientras me ducho y mientras espero, mientras trabajo o cuando no hago nada, mientras conduzco, mientras rezo, me habla cuando solo hay silencio o cuando el ruido llena las paredes, cuando rio, cuando lloro, cuando grito rompiendo los platos donde una vez comimos, cuando abrazo aquel peluche tuyo que siempre odié, cuando paso por tu calle, cuando veo a tus amigos, cuando voy a la piscina, cuando me siento bien, cuando me siento mal y hasta cuando creo que puede parar.


El fantasma que hay en mi habitación me persigue. Me habla de ti; hasta cuando quiero que se quede callado, hasta cuando quiero que me acorrale, hasta cuando me atormenta, cuando me consuela, cuando chillo que lo deje o susurro que continúe, cuando le escucho con atención, cuando decido ignorarle, cuando no tiene sentido lo que dice o cuando todo lo que dice tiene sentido, cuando me empalaga, cuando me enfada, cuando quiero amordazarle y mientras pienso que no podré aguantar más, cuando me incita, cuando me valora, cuando me respeta y hasta cuando se lo pido.


El fantasma que hay en mi habitación me persigue. Me habla de ti; mientras los días se vuelven años, mientras los años pasan, mientras la tierra gira, mientras la gente cambia, mientras te sigo esperando, mientras desespero, mientras creo, mientras dudo, mientras me repito que no puedo seguir así, mientras pido que nada cambie, mientras sospecho, mientras confío, mientras te busco, mientras te olvido.


El fantasma que hay en mi habitación me persigue. Me habla de ti; sin alegría, sin tristeza, sin rencor, sin perdón, sin olvidar lo que pasó, sin recordar lo que ocurrió, sin fe, sin titubeo, sin tomárselo en serio, sin pensar lo que duele, sin que sus ojos se empañen con mis lágrimas y sin que se le rompa el corazón a cada palabra, sin amar lo que quedó atrás y sin valorar lo que hay delante, me habló sin el espíritu de ayudar, sin compasión, con esa pizca de engreimiento de la que hacen gala los que están sin sentimientos.


El fantasma que hay en mi habitación me persigue. Me habla de ti; me susurra, me estimula y me provoca, me pide, me grita y me suplica porque recuerde, para que olvide, para que te deje ir, para que vaya a buscarte, me sujeta de los pelos y me zarandea para que comprenda, para que asimile, que los fantasmas no existen y que soy yo el que piensa en ti.

 
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