miércoles, 28 de enero de 2015

Yo me bajo en la próxima ¿y usted?

El 21 de enero fue el aniversario de la muerte de Adolfo Marsillach y, aunque se me pasó un poco debido a diversos factores, tenía algo preparado en su honor. Un pequeño microrelato que no hará justicia a este actor, autor dramático, director de teatro y escritor español, pero que es mi manera de honrarle. Espero que os guste.


El tiempo en aquel tren parecía perderse por completo. Era como, si al pasar a toda velocidad por las distintas ciudades, capturase pequeños instantes en la vida de las personas para conservarlos de manera superficial en su estructura fría e inhumana. Aquel armatoste, dotado con la fuerza de cien hombres, podía absorber la esencia de un beso fugitivo dado a escondidas en el último andén que visitó o nutrirse con las lágrimas de una familia que se rompía al perder a su miembro más querido. Por eso estaba mirando con tristeza como la gente se despedían ilusionados con promesas que no iban a cumplir y sonrisas dolorosas ante un adiós que llegaba demasiado pronto.


En la seguridad de mi asiento, con unos ligeros toques de impaciencia, podía ser consciente de la importancia de esos pequeños momentos antes de que aquel monstruo de metal los destrozase alejándose rumbo al olvido. Ni siquiera me movía aguardando mi turno para dejar todo atrás cuando aquella mujer se sentó a mi lado. Rubia, esbelta, con la nariz respingona y la cara de porcelana; el amor de una vida que no podría tener.


—Con permiso —se disculpó alisando la falda y bajando la mirada como si de alguna forma su presencia hubiese podido molestarme.


Estaba seguro de que aquello era una última tortura de aquel ser sin corazón donde me tentaba con un sueño para el que no tenía tiempo.


La media hora que pasé en silencio fue un esfuerzo titánico por encontrar las palabras exactas con las que hablar a mi ángel. Pero los minutos pasaban y una vez abandonase el tren ya no habría espacio para ese compromiso que ella aún no sabía que teníamos. Debía aprovechar cada segundo y necesitaba saber cuántos tenía. Así que, con voz tímida, pregunté la frase más importante que me vino a la mente.


—Yo me bajo en la próxima ¿y usted?

miércoles, 21 de enero de 2015

Buenos deseos

Bueeeeenaaas a todos mis queridos lectores ¿me habéis extrañado? Seguro que sí. Os imagino brindando en los bares, saltando de vuestros asientos frente al ordenador o chillando de alegría en el autobús cuando, al revisar vuestro móvil, leéis este nuevo post. Lo primero, y ante todo, quiero pedir a cualquier lector de más de cien años que limite los saltos de alegría a meros gestos de felicidad. Me sentiría fatal si alguien se cae y se hace daño por mi culpa. Lo segundo, que no, que no se me ha olvidado, es felicitaros este 2015. ¿¿¿Guau!!! ¡Felicidades! ¿Los reyes se han portado bien? Si la respuesta es no ¿qué habéis hecho de malo? ¿Mereció la pena? Espero que sí.


Yo por mi parte no me quejo. Traje fantasmas a vuestra vida, demonios, el fin del mundo y algún que otro asesinato. Regalé pensamientos filosóficos e intenté que lloraseis en algún que otro momento. Así que de premio, porque me lo merezco y soy así de guay, me trajeron un móvil nuevo, camisetas, pantalones, un par de libros y más inspiración para torturaros con más historias en este año entrante.


Pero no estoy aquí para deciros los nuevos proyectos en los que estoy trabajando. No, ni mucho menos. Tampoco para hablar de lo fantástico que es mi móvil nuevo, ni siquiera para contaros los libros tan sorprendentes que me estoy leyendo. De lo que de verdad quiero hablaros, lo que más gracia me hace de los años nuevos, son los propósitos que nos planteamos en las campanadas. Eso de: “a partir de hoy no fumaré más que un par de cigarros al día” con el puro en la mano para celebrar que acaba de empezar enero; “no beberé más que un cubata a la semana” mientras nos preparamos para ir al guateque de turno a ver si esta vez cupido emborracha a alguien lo bastante como para que se fije en nosotros; mi preferido, el que yo mismo me planteo a cada oportunidad, “este año saldré a correr”. Nunca lo hago, empiezo un día y paro a la semana… es una tortura que me hace sentir incapaz de alcanzar algo tan sencillo como correr durante cuarenta minutos. ¿Por qué? Porque me canso… odio cansarme. Por eso me hice escritor… para trabajar sentado. No, es broma… es porque os adoro y quiero contar historias.


Así que la verdad es que en el 2015 para pedir algo que no me dejase agotado, sudado y al borde del infarto quise ser original y diferente. Me apetecía ser sincero conmigo mismo hablando con la cabeza y no con el corazón. Nada de: “pienso irme temprano a la cama y comer sano lo que me reste de vida” ni siquiera “dejar de perseguir musas en minifalda cuando pasean por la calle”, después de todo perseguir musas es mi ejercicio preferido. Esta vez solo quería hacer que realmente me apeteciese. La elección fue fácil. Ser más feliz que el 2014.


Lo cual, ahora que lo pienso, no será nada fácil. El dos mil catorce ha estado lleno de cosas maravillosas, momentos únicos y vivencias impresionantes. He conocido a personas geniales y, sin darme cuenta, nos hemos hecho amigos; he tenido mi primera presentación de libros, con los nervios que eso implica; mi primera charla delante de una pequeña multitud; He creado un grupo de rol puertoriqueño (saludos a Marimar, Eugenio, Lenin...)


Sí, cuando deseo algo tiene que ser complicado, difícil de conseguir. Tengo que luchar por ello y teniendo en cuenta que el 2014 fue un año excelente ¿podrá ser el dos mil quince mejor? No lo sé, pero me muero por intentarlo. De momento estoy trabajando en nuevos proyectos como la segunda parte de “El secreto de Daniel” O “La flor del infierno”, (Sí, ahora sí que me apetece hablaros de mis nuevos proyectos pero es porque sé que los esperáis con ansia) también tengo pensado mejorar mi blog y actualizar mis redes… seguir leyendo vuestros mails o conversar si alguien muestra tal interés. Sobre todo, lo más importante, es que intentaré con todas mis fuerzas ser más feliz que el dos mil catorce para seguir mejorando. Por muchas cosas buenas que tuviese el año pasado no me conformo. Quiero más y quiero regalaros más a vosotros porque os lo merecéis por estar ahí.


Es por vuestra culpa, mis queridos lectores, me habéis malacostumbrado. Ansío llenaros de sueños y sonrisas, poblar mis páginas con miedos a derrotar y monstruos a los que vencer. Así que lo preguntaré una vez más en la primera entrada de este maravilloso año ¿queréis acompañarme una vez más?


Por siempre, vuestro amigo

Gael

 
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