martes, 25 de noviembre de 2014

El momento de Sara

La voz de la conciencia dormía tranquila esa mañana. El veneno de las palabras con las que cada día la juzgaba aún estaba en fase rem y no parecía que estuviese preparada para molestarla en un buen rato. Tener ese momento de paz interior era algo extraño y relajante; así que cuando Sara se puso en pie vislumbró lo que era sentirse bien por primera vez en mucho tiempo.


Al mirarse en el espejo, este, le devolvió una imagen de una chica escuálida y con ojeras de no haber dormido bien la noche anterior. El pelo negro enmarañado en un peinado imposible era algo con lo que tendría que luchar más tarde. Desnuda, tal y como estaba, se metió a la ducha para que el agua fría estimulase su cuerpo. Apoyó las manos contra la pared y se relajó mientras las caricias de la lluvia improvisada la limpiaban.


Ni siquiera el placer del momento disminuyó el dolor de cabeza perpetuo que sentía. Las migrañas no se tomarían ni siquiera un segundo de descanso por respeto a ella. Se frotó la sien antes de salir, coger una toalla y secarse. Tenía demasiado que hacer y nada podía frenarla.


Corrió a la cama desnuda y se lanzó sobre ella como cuando era niña y podía volar. La curva de sus labios vistió su cara con una sonrisa cuando cogió el móvil y llamó al trabajo.


—¿Señor Wesslech? Soy Sara, la monitora de Erin. —Esperó las frases de rigor mientras continuaba frotándose la sien—. Solo llamo para informar que hoy no iré a darle clase. Me ha surgido algo que no puedo cancelar.


Oyó con paciencia los lamentos de su jefe mientras se examinaba las uñas, color rojo pasión, hasta que colgó. Necesitaba retocarlas. Un ligero brillo después y estarían listas de nuevo. El pelo es lo que la tenía dubitativa. Tardaría una hora en arreglárselo y no quería perder tanto tiempo.


En la cocina, en el tercer cajón de la encimera, estaban las tijeras. Solo necesitó un segundo y un ligero movimiento de dedos para cortar esa melena que despertaba pasiones y admiraciones entre sus amistades. Se miró en el espejo con aire crítico, aunque el corte estaba lejos de ser perfecto le serviría.


Ni siquiera iba a vestirse. No tenía ni ganas ni tiempo. Se puso un abrigo grueso sobre su piel desnuda y salió a la calle con sus zapatos de tacón para que el frio del día la recibiese con los brazos abiertos.


Podía coger su coche pero no se sentía en condiciones de conducir. Al mirarse las manos le temblaban ligeramente y su concentración no podía estar en la carretera en estos momentos. El dolor en el pecho la hizo sentir que su corazón aún bombeaba y que tenía una última oportunidad antes de que se detuviese. Sacó el móvil del bolso y llamó a un taxi. Le citó varias calles por delante para poder caminar un poco y que el frío se extendiese por todo su cuerpo como un cálido manto que la abrazase y la impidiese continuar.


Pero no lo hizo. En su lugar solo la hizo acurrucarse en el interior del taxi donde el conductor, un hombre de unos sesenta años y que la miraba como si ella fuese una loca más, le pidió una dirección. Se la dio con los ojos cerrados; no necesita mirar en los ojos del desconocido el error que estaba cometiendo.


Los quince minutos exactos que tardaron se le hicieron demasiado cortos. Ni siquiera los semáforos colaboraron poniéndose en rojo como señal de que no debía seguir adelante; que tenía que bajar de ese coche, volver a casa a vestirse e ir a trabajar como cada mañana desde que tenía memoria. Ella no era así… nunca haría eso en su sano juicio. A lo mejor esa loca que había visto el taxista era real y se había dado cuenta ahora. Aún estaba a tiempo… solo tenía que dar media vuelta y…


—Hemos llegado —le informó aquel cabrón como si quisiera frustrarla sus planes de seguir siendo la misma.


Suspiró tendiendo un billete de cincuenta y no esperó a las vueltas. La calle vacía era su último refugio. Su momento final antes de que el mundo entero cambiase para bien o para mal. Tenía que pensarlo, que decidir.


Sus pies no quisieron darla opción y se pusieron a caminar sin su permiso. A cualquiera que la hubiese mirado le hubiese dado la impresión que a medida que subía las escaleras piso a piso, se había negado a coger el ascensor, se dirigía al infierno. La puerta que debía haber sido de lava y custodiada por un cancerbero era en su lugar una puerta de madera con un tiesto y una flor seca.


Llamó tres veces. Ni dos ni cuatro y no sabía si eso era importante. Solo tres veces. Los pasos al otro lado eran fuertes y rápidos y antes de que nadie abriese la puerta Sara ya estaba preparada para salir corriendo.


—Tengo miedo —confesó a un chico moreno vestido en bata y descalzo con los ojos más azules que nunca había visto—. Estoy asustada y no me siento a gusto con lo que estoy haciendo pero si tú quieres intentarlo… —Aguardó el aire que necesitó antes de expulsar las palabras como si fuesen un insulto—… yo también te quiero.


El muchacho la miró sin decir nada y ella se obligó, sin éxito, a intentar mantener la cabeza alta.


—¿Qué ha cambiado de ayer a hoy?


La pregunta era lógica. Aunque no la esperaba. No sabía la respuesta correcta.


—Yo —anunció desatando su abrigo.


El muchacho se apartó y la dejó pasar.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Vida Eterna

¿Y si murieses ahora mismo? ¿Qué querrías que te pasase?


De manera inconsciente con esa sencilla frase tus pensamientos ya volaron a un destino. Ese beso sin dar, ese sueño sin alcanzar, ese puñetazo que nos reservamos para el momento oportuno... Es el final de un momento lo que nos hace darnos cuenta de lo que es importante para nosotros.


Esa vez en la que dándonos un último beso de despedida decimos adiós para siempre al que sabemos será nuestro gran amor. Ese instante en que miramos a nuestros compañeros de clase o del trabajo y sabemos que cuando crucemos la puerta de salida nunca más podremos volver atrás. Tras una noche fantástica de carnavales en la que nos regalamos amor con una persona que ni se quitó la máscara ni nos dijo su nombre… Esos instantes terminan, muchas veces, para no volver.


A la hora de escribir veo en mis personajes una extensión de la vida. Puede que ninguno de ellos exista en el plano físico pero las emociones que tienen, su personalidad y su día a día es algo que queremos hacer nuestro. Fueron millones los que soñaron hacer magia con Harry Potter, las mismas personas que soñaron caer en una de las cincuentas sombras de Grey ¿y qué me decís de a cuantos de vosotros no os habría encantado resolver el enigma del código Da Vince?


Para mí, que conozco todas y cada una de las manías de mis personajes, son tan reales que puedo hablar de ellos con la libertad de quien cuenta las peripecias de un amigo íntimo; pero también lo son para el lector que vive y ama cada página como si fuese él el que está sumergido entre las letras de la novela. ¿Quién puede decir que no es así?


Es una idea tan disparatada como realista. Somos lo que comemos, lo que bebemos, lo que vemos y lo que leemos... así qué ¿cuántas vidas tienes mi querido lector? Tú que has visto la Atlántida flotando y has viajado más allá de las estrellas para conocer seres de otra galaxia, tú que conoces la vida más allá de la muerte y que has bebido las dulces aguas de la eterna juventud esquivando a Ponce de León, tú que has llorado y reído con gente que nadie más puede ver si no acarician las páginas con el cariño que tú las procesas. ¿Qué tan viejo eres?


Yo ayudé a Alejandro Magno a conquistar el mundo guiado de la mano de Valerio Massimo, navegué los siete mares con el barco de vapor del pirata Garrapata y temí por la humanidad en el día del trífido, viaje a través del tiempo con Rudol Hefting en cruzada en Jeans y temí la inmortalidad con Lestart el vampiro. Descubrí que la gente no siempre es buena pero que la esperanza es lo último que se pierde con el ángel de la noche y descubrí que profesores imaginarios me enseñaba genética en la hija de Venus. Incluso conocí la crueldad a través de la mirada inocente del niño del pijama a rayas.


Así que cuando alguien se acerca y me habla de Claudia, de Daniel, de Deán o de cualquier otro de los muchos habitantes de mis páginas no me queda otra cosa que hacer que maravillarme y dejarme seducir por lo que han despertado.


Mis pequeños y queridos amigos. ¿A cuanta gente han conocido? ¿A cuanta más van a conocer? Me fascina su forma sencilla de ser. Su manera de simplemente existir.


Son como nosotros sin llegar a serlo nunca. Un día vienen al mundo y duran más allá del momento en que se olvidan. Después de todo la dulce muerte no es para ellos. ¿Cuántos años tiene Ulises ya? ¿Y el Quijote? ¿Qué tan viejo es el rey Midas? Nunca demasiado. Siguen maravillando al mundo con sus pericias y aventuras; con su forma de ver al mundo. Aunque estoy seguro que si en algún momento no fuese así, si fuesen a morir como un humano cualquiera, en ese momento dirían... ¿Podrías escribir mi historia? Quiero que se conozca como viví y como terminé. Quiero que la gente sepa cuánto luché por mis sueños y como me enfrenté a la vida con uñas y dientes negándome a rendirme. Quiero que sepan que no están solos y que yo, una vez, fui como ellos.


Así que dime querido lector... ¿si murieses ahora mismo? ¿Qué querrías que te pasase?

 
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