miércoles, 19 de noviembre de 2014

Vida Eterna

¿Y si murieses ahora mismo? ¿Qué querrías que te pasase?


De manera inconsciente con esa sencilla frase tus pensamientos ya volaron a un destino. Ese beso sin dar, ese sueño sin alcanzar, ese puñetazo que nos reservamos para el momento oportuno... Es el final de un momento lo que nos hace darnos cuenta de lo que es importante para nosotros.


Esa vez en la que dándonos un último beso de despedida decimos adiós para siempre al que sabemos será nuestro gran amor. Ese instante en que miramos a nuestros compañeros de clase o del trabajo y sabemos que cuando crucemos la puerta de salida nunca más podremos volver atrás. Tras una noche fantástica de carnavales en la que nos regalamos amor con una persona que ni se quitó la máscara ni nos dijo su nombre… Esos instantes terminan, muchas veces, para no volver.


A la hora de escribir veo en mis personajes una extensión de la vida. Puede que ninguno de ellos exista en el plano físico pero las emociones que tienen, su personalidad y su día a día es algo que queremos hacer nuestro. Fueron millones los que soñaron hacer magia con Harry Potter, las mismas personas que soñaron caer en una de las cincuentas sombras de Grey ¿y qué me decís de a cuantos de vosotros no os habría encantado resolver el enigma del código Da Vince?


Para mí, que conozco todas y cada una de las manías de mis personajes, son tan reales que puedo hablar de ellos con la libertad de quien cuenta las peripecias de un amigo íntimo; pero también lo son para el lector que vive y ama cada página como si fuese él el que está sumergido entre las letras de la novela. ¿Quién puede decir que no es así?


Es una idea tan disparatada como realista. Somos lo que comemos, lo que bebemos, lo que vemos y lo que leemos... así qué ¿cuántas vidas tienes mi querido lector? Tú que has visto la Atlántida flotando y has viajado más allá de las estrellas para conocer seres de otra galaxia, tú que conoces la vida más allá de la muerte y que has bebido las dulces aguas de la eterna juventud esquivando a Ponce de León, tú que has llorado y reído con gente que nadie más puede ver si no acarician las páginas con el cariño que tú las procesas. ¿Qué tan viejo eres?


Yo ayudé a Alejandro Magno a conquistar el mundo guiado de la mano de Valerio Massimo, navegué los siete mares con el barco de vapor del pirata Garrapata y temí por la humanidad en el día del trífido, viaje a través del tiempo con Rudol Hefting en cruzada en Jeans y temí la inmortalidad con Lestart el vampiro. Descubrí que la gente no siempre es buena pero que la esperanza es lo último que se pierde con el ángel de la noche y descubrí que profesores imaginarios me enseñaba genética en la hija de Venus. Incluso conocí la crueldad a través de la mirada inocente del niño del pijama a rayas.


Así que cuando alguien se acerca y me habla de Claudia, de Daniel, de Deán o de cualquier otro de los muchos habitantes de mis páginas no me queda otra cosa que hacer que maravillarme y dejarme seducir por lo que han despertado.


Mis pequeños y queridos amigos. ¿A cuanta gente han conocido? ¿A cuanta más van a conocer? Me fascina su forma sencilla de ser. Su manera de simplemente existir.


Son como nosotros sin llegar a serlo nunca. Un día vienen al mundo y duran más allá del momento en que se olvidan. Después de todo la dulce muerte no es para ellos. ¿Cuántos años tiene Ulises ya? ¿Y el Quijote? ¿Qué tan viejo es el rey Midas? Nunca demasiado. Siguen maravillando al mundo con sus pericias y aventuras; con su forma de ver al mundo. Aunque estoy seguro que si en algún momento no fuese así, si fuesen a morir como un humano cualquiera, en ese momento dirían... ¿Podrías escribir mi historia? Quiero que se conozca como viví y como terminé. Quiero que la gente sepa cuánto luché por mis sueños y como me enfrenté a la vida con uñas y dientes negándome a rendirme. Quiero que sepan que no están solos y que yo, una vez, fui como ellos.


Así que dime querido lector... ¿si murieses ahora mismo? ¿Qué querrías que te pasase?

viernes, 24 de octubre de 2014

La maldición del poeta

Hablar, gritar, susurrar, escribir, dibujar, cantar, esculpir, recitar… ¿alguna vez os habéis fijado en la cantidad de formas en las que el ser humano puede expresarse? ¿Todas las maneras que existen para crear odas a la belleza, al dolor, al amor, al odio…? Son muchas, pero entre todas ellas siempre ha destacado la poesía.


Esta semana pasada, mientras disfrutaba del festival de la palabra, tuve el placer de contemplar una obra de teatro inspirada en la vida de Julia de Burgos; la famosa poeta puertorriqueña. El amor, el miedo y el sentimiento patriótico de la misma, expresados con su lírica, hicieron del tormento de su vida una bella función. Sentado allí no pude evitar que mis pensamientos volasen hacia mi compañero poeta, y gran amigo, Carlos Vázquez Cruz.


Él, al igual que todos los poetas, expresa sus pensamientos en forma de un arte que traspasa la barrera de la escritura apuntando directamente al corazón. Con obras como malacostumbrismo, deja entrever un ápice de su alma condenándote a formar parte de la magia de su obra. Es por eso que la poesía no se lee, se siente. La belleza y la crueldad de este bello arte es una línea tan fina que puede desangrarte con la misma dulzura con la que la muerte te invita a sumergirte en un sueño eterno del cual no volverás.


Hermosa como solo ella misma puede ser, hechiza con el encanto de su propio veneno. El mismo que todo poeta que se precie tiene que beber para sucumbir a este oficio. Despertar a las propias emociones de uno mismo es peligroso. No hablamos de amor, ni siquiera de odio; hablamos de hundirnos en nuestros sentimientos de tal forma que seamos capaces de ver el mapa con el que está formada la esencia misma de la vida.


« Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo:

"La noche está estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos"…»


¿Quién no conoces los famosos versos de Neruda que tiñen la realidad con ese toque rosado y grisáceo en el que la nostalgia y el amor nos susurran abrazándonos con cariño? No hay enamorado en este mundo que no se identifique con una o con otra de las miles de poesías con las que están en paz nuestros corazones.


Sin embargo… ¿Cuál es la maldición del poeta? ¿Qué precio tienen que pagar para qué su obra nos atrape? Su propia experiencia. Su propia miseria. Sentir al mundo de tal forma que, incluso hechos pedazos, puedan albergar la belleza de un momento en apenas unas pocas frases. Desde la alegría a la tristeza, pasando por todo el cúmulo que tienen entre medio, deben sumergirse de tal forma en su trabajo que un adiós no es solo una despedida, sino el tormento más desgarrador.


« Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y, otra vez, con el ala a sus cristales

jugando llamarán;

pero aquéllas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha al contemplar,

aquéllas que aprendieron nuestros nombres...

ésas... ¡no volverán!...»


Becker solo necesitó de las cosas más habituales para hacernos comprender la profundidad de su pérdida. Si analizamos su obra podemos ver tanto de su vida, y de sí mismo, que su propio dolor es el nuestro a medida que sus palabras se retuercen presas de una agonía de la que no pueden escapar.


Los poetas son así. Hermosos, capaces de hechizar al mundo con su lírica mientras se hunden en unas emociones que no pueden controlar. Unos sentimientos que les aprisionan y de los cuales se alimentan para hacer el más grande de los homenajes a la vida misma. Una tragedia que hace que su corazón lata más acorde con el alma humana que con las demás personas en sí.


¿Es bueno ser así? ¿Es malo? ¿Quién querría plasmar en un papel sufrir un odio sin límite? Solo aquellos que se atreven a amar sin barreras. El miedo es solo para los cobardes que prefieren tener un corazón de piedra a uno que derrame sangre cada vez que la vida le clave una puñalada.


Es duro. Lo sé. Aun así vivir es sentir y sentir es sufrir. ¿Por qué entonces no hechizar al mundo con la magia de una mirada? ¿Con la espera de un momento que nunca llega? ¿Por qué tener miedo a querer si al morir es de ese miedo de lo único que nos arrepentimos?

 
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