miércoles, 9 de abril de 2014

En días como hoy...

Hoy, a la sombra de una bombilla, sentado frente al ordenador mientras miro por la ventana, dejo que la melancolía vuelva a seducirme. Esa extraña maldita que tiene en sus labios el único licor que me emborracha y me hace desear hundirme en ella para satisfacerla como su amante más íntimo. Esa tristeza por un ayer perdido que me embriaga, haciendo añorar un ayer no tan bueno y privándome de un futuro lleno de sorpresas.


Que será de mí, pobre mortal, que cae en la trampa del antaño para no levantarme y mirar al presente a la cara. Un momento en la actualidad que me tacha de loco por aferrarme a esos momentos en los que sentía que la vida era solo mía.


Recuerdo unos besos robados con caricias regaladas. Recuerdo risas cómplices, mientras lágrimas de felicidad caían por mi mejilla. Recuerdo un futuro lleno de esperanzas fundiéndose con un presente que a medida que se volvía más real nos quitaba los sueños. Recuerdo perderme en el perfume de su pelo y en el calor de su ropa. Recuerdo la sensación de su peso y el sabor de su aliento. Lo recuerdo con tanta fuerza, como la fuerza con la que he intentado olvidarlo.


El rumor de los pájaros, la brisa juguetona, el murmullo del agua sobre mí. Pequeñas tentaciones que embotan mis sentidos de ayeres y promesas. De momentos finales que nunca debieron llegar y presentes que nunca debieron proporcionarnos. Pero que se le va a hacer. Como aquel loco que decide flagelarse por un pecado que solo está en sus ojos, camino por la vida extrañando una fantasía. Momentos reales que no sucedieron y sombras de un ayer que nunca fueron tan brillantes.


Quién me dice a mí que los sollozos con los que me cobijo en mi habitación no son el canto a la alegría por un momento que no llegó. O por qué debería preocuparme reconocer un brazo amigo si cuando alguien me toca, solo noto pinchos en mi alma. ¿Puedo conducir mis pies por la carretera de la vida si ando borracho de sentimientos? ¿Cómo hacer para no abrazarme en la soledad en un mundo lleno de extraños? Preguntas cuya respuesta, solo haría que perdiesen la fuerza de su presencia.


Es terrible. El dolor de un segundo extendido hasta el infinito. Yo, que siempre tengo de amigo un papel y de compañero una pluma. El mismo que toca música usando tan solo palabras. Ese loco que cree que una sonrisa puede arreglar un mundo podrido de envidia. El mismo que cada mañana cuando sale el sol, al mirar por la ventana en días como hoy, solo quiere pensar en ti y olvidarse.

miércoles, 2 de abril de 2014

Los aderezos de un profesional

De todos es sabido que cada individuo tiene y carece de ciertas habilidades. En mi caso por ejemplo, adoro escribir pero soy pésimo a la hora de dibujar cualquier cosa. Incluso el diseño más sencillo parece cualquier cosa si lo hago yo. La gente que me conoce, aún sonríe cuando recuerdan mis mapas en los que un círculo y un palito eran un árbol y varios círculos juntos formaban un bosque… Soy malo y lo sé.


¿Habéis visto que sencillo es? Soy malo y lo sé. Es así de simple. Si quisiera mejorar, tendría que practicar mucho e ir poco a poco haciéndolo cada vez mejor. Pero no quiero. No me gusta lo bastante como para perder mi tiempo en eso. Eso sí, reconozco abiertamente que el dibujo me encanta. Que las personas capaces de plasmar un sinfín de emociones en un lienzo (o una página de papel) son dignas de la mayor admiración.


Nunca se me ocurrió pintar en un sitio donde solo se permitían grises con rosa fosforito, ni tampoco hacer unas cuantas líneas inconexas y decir que soy un artista abstracto. Eso no quiere decir que en un momento en el que quiero hacer un pequeño pinito o bromear con un dibujo no lo pueda usar, pero ¿En qué me convierte eso?


Voy a dar un toque de atención para aquellos que teniendo algo que les gusta, lo quieren hacer mejor usando técnicas inadecuadas. Yo voy a centrarme en la escritura que es donde me siento más cómodo y vosotros podéis alargarlo a donde queráis.


Pero ¿por qué? Pues porque cada vez con más frecuencia, a la hora de leer veo cosas como “Leedlo mientras escucháis Nemo de Nightwish”. Es a esas cosas a las que llamo aderezos. Cosas externas en las que nos apoyamos para mejorar nuestro trabajo. Como echarle kétchup al puré cuando no nos queda muy bueno.


Imaginaros el caso. Voy a escribir una historia sobre un amor imposible entre una pareja que decide huir en un tren para escapar de su familia y que tras vencer un sinfín de penurias, el vagón en el que van descarrila creando un final trágico para ese par de amantes. La historia podría llegar a tener posibilidades si me esfuerzo en dar profundidad a los personajes y hago una buena trama. Como guinda además, indico que para disfrutarla con más corazón la tenéis que leer escuchando “Jueves” de “La oreja de Van Gogh”. Una canción muy emotiva que siempre nos toca la fibra sensible. Ya lo estoy viendo. Qué final, me imagino a la gente con la película en su cabeza y aplaudiendo como locos con lágrimas en los ojos cuando la pareja sobre la que escribo muere. Aunque:


¿Es bueno escribir así?


¿Aplauden por mí trabajo o por el sentimiento que trasmite la canción y su significado?


¿De verdad requiero ayuda externa para hacer sentir algo que podría conseguir por mí mismo solo con mis palabras?


Lo siento a quien ofenda, pero quien necesite de esas pequeñas trampas para lograr que su trabajo se valore más es y siempre será algo mediocre. Una persona cuyo esfuerzo es insuficiente como para merecer algo más que una palmada en la cabeza mientras le dices “si, si, bien hecho” y más tarde olvidarlo mientras saboreamos el recuerdo de la canción.


Es así.


¡Pero yo me esforcé!


Puede que sí, no indico lo contrario. Pero quien quiera lucir por sí mismo, no necesita del brillo de los demás. Cualquier historia es lo bastante buena si creemos en ella lo suficiente como para no necesitar de adornos que hagan nuestro trabajo.


Es como esa gente que a la hora de definir un personaje, pone la foto de un actor famoso para granjear simpatías con el título debajo “este es el prota”. ¿Es en serio?


Eso se lo permito a los seguidores que siempre piensan en qué actor pega a cada personajes pero ¿un escritor?


¿De verdad alguien capaz de escribir sobre el mundo y cambiar la historia a su antojo necesita que sus personajes sean reconocidos por la fama de otros?


Claro, es que si imaginas a Brad Pitt como protagonista de tu relato mientras se está quitando la camiseta, es mucho mejor que… pues cambia de personaje. Si a ti no te convence que ese protagonista no sea Brad Pitt ¿Cómo le va a gustar al lector?


Tú puedes imaginar a Elsa Pataky para un libro porque te encanta si te da la gana, pero si a la hora de definirla solo puedes decir que es Elsa Pataky ¿Qué otra persona puede ser? Ya nunca tendrá fuerza propia, será… tan solo Elsa. Podrás hacer virguerías con su vida y transformarla en lo que tú quieras pero nunca será tu personaje, tan solo esa chica a la que todos conocen.


Cuando algo te gusta, te tiene que gustar. No necesitas que venga nadie a poner cara a uno de tus personajes, tus personajes tienen que tener cara, genio y carácter propio. ¿Qué estás escribiendo sobre un ama de casa maltratada al que su marido golpea cada día? No tienes por qué poner una foto de una mujer con los ojos morados que llora en una esquina del suelo, tienes que hacer que tus lectores sientan su dolor, que sientan los golpes y que ellos mismos dibujen la escena en su cabeza.


Seguro que os habéis fijado cuando vais al cine a ver con alguien la película de uno de sus libros preferidos que suelta la frase de:


“Eso no es así. No es como lo había imaginado”


Porque esa es la magia de las palabras. Con ellas puedes indicar como son las cosas, pero de una misma historia, cada persona capta cosas diferentes. A veces los lectores, incluso ven hilos entre las tramas que al propio escritor se le escapan.


Como dije antes, cuando haces algo que te gusta, te tiene que gustar. Es difícil y duro, pero no es necesario apoyarnos en tonterías como poner un estilo de letra bonito para que las palabras suenen mejor. Eso al final resta calidad a nuestro trabajo. Mejor que eso, esfuérzate en que esas palabras sean lo bastante buenas para que no necesiten de ayuda para brillar.


¿Cómo se hace? Trabajando… no recurráis a los trucos como papel de colores o palabras vistosas para vestir frases sin fuerza. Cada capítulo requiere de esfuerzo y su propio potencial para ganarse el respeto que merece pero cuando acabéis, veréis un trabajo espectacular.


La única excepción en toda esta perorata que os acabo de meter, es a la hora de recitar poesía a la novia. Con eso sí que está permitido adornos como las flores, música y cajas de bombones por docenas, aunque os aviso desde ya que por mucho que agradezcan el detalle, se las saben todas.

 
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