miércoles, 8 de enero de 2014

Din don Suena el reloj

En un ataque de felicidad extrema ante la entrada de año nuevo, de gentileza única que nos otorga la navidad con sus villancicos, me toca a mí ser la nota discordante que tiña de gris esta rosada realidad. No todas mis entradas iban a ser cómicas. Hay una época en la que estoy triste. Tan triste, que no puedo ni llorar.


En mi tradición privada, en lugar de mirar con esperanza el año nuevo, examinó el que quedó atrás mientras me despido de todo lo que me regaló. Es así como extraño las sensaciones que nos han acompañado desde que éramos niños y que la mayoría, tiene olvidadas en un rincón de su cerebro.


Por ejemplo, seguro que habéis olvidado cuando íbamos por la calle con una mochila más grande que nosotros, donde llevábamos nuestro peso en libros para un día de clase. No como los flojuchos de ahora, que el que no tiene taquilla en el instituto le ponen una mochila con ruedecitas para que no se haga daño. Si es que no me extraña que luego les falte fuerza a los pobres.



Aquellos eran otros tiempos. Tiempos de titanes con cuerpo de adolescentes. Nos acostumbraron a que el compás, las reglas, los lapiceros, los bolígrafos, los cuadernos… no eran solo instrumentos para aprobar. Ni mucho menos. Eran un ejercicio para poder cargar el mundo a nuestra espalda y no inmutarnos. ¿Qué el país va mal? Tú puedes ¿Qué no tenemos derecho a la sanidad? Un justificante falso con letra infantil de que teníamos gripe y otra vez al curro como campeones ¿Qué el modelo a seguir de educación es el libro de Belén Esteban? Nadie se ha muerto porque le sangren los ojos un poco. Bueno, eso quizás no sea del todo cierto.


Pero si. Somos unos supervivientes. Niños del ayer y nuestra espalda lo soporta todo. Somos diferentes. De otra generación. Un lugar sin Wiffy, twentty ni Facebook. Un tiempo en el que para sacarte un amigo, tenías que hablar con él y todo.


¿Os podéis imaginar cómo era? El choque entre ambos mundos sería alucinante. Os pongo un ejemplo entre el ayer y el presente. Sería algo así:


(Chico del futuro) —Bueno, te dejo que mi madre me espera en casa. Te mando un washap luego.
(Chico del pasado)—Joder ¿Y si te mando yo a la mierda?
—A si, perdona. Que como eres del pasado no lo sabes. Que el washap es una aplicación para el móvil de mandar mensajes gratis.
—Vale ¿Qué me vas a mandar?
—Que luego te veo.
—Pero eso ya lo sé. Nos vemos todas las tardes en este mismo parque desde el jardín de infancia. Y supongo que no vas a cambiar de colegio, de ciudad ni de amigos.
—Ya bueno, es por si te olvidas.
—Está bien, yo no tengo washap. De todas formas, quedamos aquí a las dos y media. Si llegas tarde te doy dos ostias, ya verás como no te olvidas.

Qué tiempos aquellos en los que un par de tortas lo arreglaban todo entre amigos. ¿Y qué me contáis de las amistades chico / chica? Eso de perseguirlas con palos para demostrar nuestra devoción (Completamente verídico, podéis preguntar je je je).


Con gente así, cada lunes a la mañana se convertían en otro viernes por la tarde. Que deseabas que llegasen las cinco para salir del colegio como solo Mel Gibson pudo plasmar en “Braveheart”


“Libertaaaaaaad”


Entendedlo, esas horas de clase, por mucho que tus amigos estuviesen fuera, también eran un suplicio. Yo aún no me explico cómo no me salieron raíces del culo después de tantas horas sentado. Es uno de esos misterios sin resolver del siglo XX. Que ya sé que ahora parece muy atrás, pero que está a la vuelta de la esquina si te pones a pensar.


Era la época en la que si te mandaban un trabajo en clase, no había Wikipedia con huevos para hacerlo. Tenías que ir a la biblioteca de turno donde te daba un montón de libros en los que “quizás” estaba la respuesta. Ahora es en plan de ¿Qué sabes de la revolución francesa en la época napoleónica? Ochocientas páginas imprimidas por los dos lados y que el profesor se coma el marrón si no lo evalúa en un fin de semana.


Que vamos ¿Cuánto se puede tardar en imprimir eso después de encontrar la respuesta en Internet? ¿Cinco minutos? Nosotros teníamos que esperar a junio para poder descansar. Esas ansiadas vacaciones de verano que nos esperaban como la tierra prometida para el pueblo de Moisés. Un momento en nuestra ajetreada vida de estudiantes en el que por fin, podíamos parar. Para ello, tan solo teníamos que hacer trescientos ochenta y siete ejercicios de matemáticas, seiscientos veintidós de lenguaje, los mil cuatrocientos de historia, los doscientos de sociales y recordar la rama genealógica de la biblia para aprobar religión. ¡Ah! Y entre medio, bajar la basura porque papá estaba viendo el partido de los jueves aunque fuese lunes y no se le podía interrumpir. Vamos, que si nos dábamos prisa, acabábamos los deberes de verano en invierno.


Además, había que hacerlos todos. Era de saber popular el conocer la existencia de una cámara en tu casa y para ser más exactos, en tu cuarto. ¿Quién era el responsable? Si... tú profesor. El jodido se aprovechaba de eso para preguntar delante de toda la clase por el ejercicio que te habías saltado. No fallaba. ¿Qué de ochocientos no habías hecho uno? Ese era. ¿A qué si? Y daba igual si era el primero o el último, porque la cámara que tenía no engaña. Solo preguntaba por el que no tenías.


Impresionante. Yo aún tengo pesadillas con eso.


¿Y cuándo te gustaba una chica? Ese sudor en las manos antes de coger el teléfono para pedirla una cita. Los nervios mientras sonaban los tonos y ya cuando su padre decía “No está ¿Qué quieres?” te morías. Que ni te atrevías a colgar, ni a decirle lo que querías por supuesto.


Así que se formaba un extraño bucle de silencio acusador, en el que te daba tiempo a imaginarte a ese buen hombre transformándose en Hulk. No solo eso, ese padre era capaz de meter la mano por el auricular y agarrándote del cuello, hacer que todo pensamiento sobre su hija desapareciese.


Si aun así persistías hasta tener una cita, ese primer beso en las escaleras del portal era sinónimo de amor eterno. Un momento crucial en nuestra vida, que nos transformaba de niños a hombres. Seguro que más de uno después de eso le salía el pelo en el pecho, mientras iba a casa dando saltitos de felicidad y cantando canciones cursis. Era lo que se llevaba. Ahora, la mayoría sale de fiesta, dos cubatas, un par de polvos y si te he visto no me acuerdo…


Sé lo que estáis pensando


“No, yo no”


Tú no el qué ¿No echas los polvos, no sales de fiesta, no te tomas los cubatas o no son solo un par de polvos? Además… dije la mayoría, pero si insistes en estar en la minoría no diré nada. Porque así nos va, actualmente necesitamos defendernos de todo lo que se dice tomándolo como algo personal. Como si la vida fuese un “sálvame” de telecinco. Estamos recordando, no creando polémicas sobre la vida sexual de nadie.


Que eso es otra cosa también. De susurros a escondidas ojeando las revistas robadas de nuestro hermano mayor, a que los anuncios de AXE sean lo más inocente que se pueda ver por la tele. Ahora, si le preguntas a un niño que es el sexo, puede aclarar todas tus dudas y darte algunos consejos muy útiles.


Son tantas las cosas que han cambiado en la vida, que no nos damos cuenta de lo que dejamos atrás cuando un año se va. ¿Os habéis parado a recordar las horas que perdisteis cantando con Espinete y Don Pimpón? ¿Habéis pensado que “Erase una vez: la vida”, perdió ante una esponja parlanchina que vive en una concha en el fondo del mar? ¿Qué es imposible que ningún coche sea fantástico si no te habla por tu reloj?


Nadie, por eso es mi pequeña tradición. El último adiós a un año moribundo, antes de que uno joven lo reemplace.


Si pudieseis ¿Qué disfrutaríais otra vez que no supisteis apreciar en su momento? Y ya puestos, para que eso no vuelva a ocurrir ¿Qué haréis este año para que el dos mil catorce merezca la pena? Porque si lo piensas, no puedes cambiar el pasado. Solo extrañar esos momentos que quedaron atrás, mientras el presente tiende el futuro ante nosotros con una sonrisa indulgente.


No perdáis el tiempo. Reíd, llorad, amad, odiad... Solo tenéis trescientos sesenta y cinco días para hacer que este año sea memorable.


FELIZ 2014

3 comentarios:

  1. cuanta razón joe!!! en todo lo q dices!!! nos matabamos en la biblio..q coñazo menos cuando ibas con las amigas jajajaja, mi primer besos fue en un portal y de ahi a mi primera relacion..cuanto sufri cuando acabo jajajaja ahora lo veo y ni era una buena relacion ni sufri d verdad..era una tremendista jajajajajja. los problemas eran dramas horribles y las alegrias ..vaya pedos me pillaba para celebralo yq chula era jajajajaja pero no volveria a nada. me quedo con el ahora y si volveria seria para quitar cosas

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  2. Ssssiiiiiiii, cuanta razón, y que bonito recordarlo!!!, la infancia y la adolescencia que se fué ya no volveraá, y no solo para nosotros que evidentemente no vendrá, sino para nadie, y aunque antes no nos dábamos cuenta si echamos la vista atras creo que son los mejores años, no se si los de mis padres serian asi, probablemente no, ellos no tienen esa visión entrañable que tengo yo, pero mis hijas tampoco la tendrán.Dicen que el destino es la suma de todas las decisiones, aunque sean pequeñas ,que uno toma en la vida, si echara el tiempo atrás creo que alguna decisión que tomé en su momento si que la cambiaria, pero nadie me garantiza que el destino hubiera sido mas feliz que el que tengo actualmente . Espero que el nuevo año este lleno de sol y que gente como la que me rodea siga sorprendiendome y en esto os incluyo a los dos!!!

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    Respuestas
    1. Cambiar las cosas malas una vez que las hemos vivido, es algo fácil de pensar. Es como echar la lotería una vez te sabes que números van a salir...

      Pero, estarías dispuesta a evitar cometer errores cuando sabes que son necesarios para conseguir tus objetivos? :P

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