Con los ojos cerrados en mitad de ninguna parte, no permito que el ruido de los coches me desconcentre. Ni siquiera el olor dulzón a hierba recién cortada puede extraerme de las profundidades en las que me estoy adentrando, y de las cuales no voy a regresar intacto.
El cuero sobre el que quiero sentarme no es como el de una silla, es parte de algo más importante que el de un mobiliario de la casa, puesto que es la piel real de algo que no debería existir. Como si se diese cuenta de mi presencia, un rugido ensordecedor acalla todos los demás ruidos.
Nadie ha tenido nunca la oportunidad de acercarse. El miedo les ciega, y les impide domar a la bestia. El duro tacto de sus escamas que la protegen de cualquier daño, la visión de unas mandíbulas capaces de destrozarlo todo y el olor a muerte que desprende su sola presencia, amedranta a los más valientes. Pero eso no es lo peor. Lo más duro es mirarla y saber que es imposible tocarla. Que jamás se doblegará ante nadie, por mucho que ahora yo la quiera montar.











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