miércoles, 15 de enero de 2014

La creación, esa rara casualidad

En toda película que se precie, siempre tiene que haber dos polos opuestos enfrentados. Gatos contra perros, los ninjas contra los samuráis, los dinosaurios devorando seres humanos como si fuesen golosinas o robots que quieren ser libres. La lucha del bien contra el mal o contra las injusticias es una guerra tan antigua, que siempre ha estado allí. Pero ¿Cómo empezó todo? ¿Y cómo terminará?


Se rumorea que antes de que nada existiera, Dios estaba mirando al vacío infinito pensando que hacer con todo aquel espacio. Llevaba cuatro eternidades allí sentado y empezaba a aburrirse de no hacer nada provechoso con su tiempo. Necesitaba distraerse con algo y organizar aquel lugar, era el mejor plan de los últimos siglos.


Lo primero, fue crear la luz y ver todos los rincones de los que disponía para llenar de trastos y ocurrencias. Resulta que la nada era mucho más extensa de lo que nunca se había imaginado, allí dentro cabía de todo. Era alucinante. Con una sonrisa ante tantas posibilidades, lo llenó con dos globos. Eran unos globos traslucidos, que flotaban sin que nada les molestase. Hermosos como ellos solos, llenaban el vacío aunque no lo suficiente.



—No son lo bastante grandes —comentó Dios, citando el primer problema de un hombre con los tamaños —hay que hincharlos más.


En eso estaba. Primero soplaba a uno y luego al otro, asegurándose que siempre fuesen del mismo tamaño entre ambos. Cuando de pronto ¡Big! ¡Bang! Explotaron en sus narices dejando tras de si un rastro de basura impresionante. Dios se llevó tal susto que en lugar de recoger todo aquello, se fue a dar una vuelta para calmarse dejando todo lleno de satélites, estrellas y planetas.


Cuando llegó a la mañana siguiente, desde su posición, pudo ver como de dos globitos había quedado la primera pintura de la historia. Empezó a mover todos aquellos juguetes colocándolos como más le gustaron y por primera vez en su existencia, se divirtió. Él no lo sabía, pero era el primer artista con su gran obra maestra.


Una vez acabó de colocar todo como lo quería, apenas si quedaba espacio para moverse. Aquello, a falta de otro nombre, era una especie de mapa galáctico con el que podía perderse durante horas en la inopia. Visto desde el ángulo adecuado, aquella pintura realista tenía un toque impresionante. Se dio cuenta de que si encima hacía que eso se moviese, sería mucho más divertido. Con la tontería, puso todo a girar.


Las lunas coquetas, jugueteaban con los planetas. Estos, enamorados de la luz de las estrellas, las seguían en una órbita a la que intentaban permanecer fieles. Incluso las galaxias giraban una sobre otra bailando el ritmo del universo.


Al principio de la creación, Dios no pudo evitar sentirse orgulloso mirando aquel lienzo, con la satisfacción de haber empezado algo grande. Se sentía como un niño de cuatro años con rotuladores en la mano y una pared blanca a su disposición. Los ojos se le abrieron como platos al darse cuenta de las posibilidades que tenía.


Rotuladores, eso era la clave para hacer todo más perfecto. ¿Cómo no había pensado antes en dar algo de color a todo aquel conjunto de piedras? Con el azul, que fue el primer color que atrapó, empezó a pintar un planeta entero. El siguiente lo iba a pintar de rosa fosforito y al siguiente de negro carbón. Estaba tan emocionado, que no se dio cuenta de que no tenía suficiente tinta para algo tan grande. Por un lado, la parte de arriba la había dejado con retazos blancos a los que decidió llamar nubes para disimular. Más que nada, porque comprobó que si intentaba borrarlo con goma, no salía bien y esos trozos blancos se ensuciaban volviéndose grises. No quedaban mal del todo, pero necesitaban un nombre para que no se notase que había sido un fallo. Nubes de tormenta parecía tan bueno como otro cualquiera.


La parte de abajo le había quedado mejor así que no necesitó nubes por ningún sitio. Pero tenía huecos muy grandes y ya no le quedaba tinta. Cogió otro color sin mirar y empezó a rellenar los vacíos con marrón, para ver como quedaba. No acababa de convencerle, pero el rojo lava era demasiado ardiente. Sin embargo, si cubría el marrón con verde claro, el efecto era mucho más suave. A eso lo llamaría vegetación.


¿Os lo podéis imaginar? Allí estaba Dios, orgulloso de si mismo, ante el mejor dibujo del mundo y con una sonrisa bonachona ponía nombres a todo lo que veía. Al marrón con rojo lo llamo volcán, marrón con amarillo desierto, marrón con verde selva… Se quedó haciendo eso durante miles de años hasta que al final volvió a aburrirse.


Había creado la luz, el universo, los colores, el idioma. Pero sentía que aún faltaba algo. ¿Y si lo llenaba con muñequitos? De entre todos los planetas, aquel que había pintado primero con azul y color caca era su preferido. Con sus manos todopoderosas, derritió el plástico de sus rotuladores y creó sus primeras figuras.


Eran perfectas. Hermosas, inteligentes, pacíficas. Incluso para pasar el tiempo se ayudaban las unas a las otras en lugar de tocar la moral como hacemos las personas. Las colocó en su planeta preferido que al ser el setenta por ciento agua y en pleno ataque de ironía, decidió llamar tierra.


Se sentó a observar el sumun de la perfección en la vida. Estaba eclipsado ante una maravilla que jamás podría igualar. Pero no había pensado en el movimiento rotatorio de aquel mundo y cuando se puso boca abajo, todo se fue al traste.


—No, no, no, no. Esto es grave, esto es muy grave.


Pero ya no había remedio. Aquella raza se había hecho añicos contra el suelo y nada podía hacer para arreglarlo.


Por lo menos, para que aquello no volviese a pasar, creó una capa protectora para evitar futuros accidentes. Para no olvidarse de lo que hacía, decidió llamarla gravedad y recordar lo que pasaría si la quitaba.


Aún con el corazón roto por el desastre, Dios no se dio por vencido. O esa era su intención porque era mucho más fácil decirlo que hacerlo. Había gastado todo el plástico de sus pinturas y como aún no había inventado los supermercados, no tenía donde comprar de repuesto. La desesperación casi le hace abandonar su proyecto, pero él tenía sus ideas y que le faltase la materia prima no iba a hacerle desistir.


Se quedó mirando aquel planeta con algo de odio después de lo que había pasado. A lo mejor, aquel sitio no era el indicado para crear vida. Su raza perfecta se había hecho añicos en la primera noche, no era azul completo, los volcanes lo llenaban todo de cenizas…


Estaba pensando en eso cuando llegó la primavera. Normalmente por esas fechas, solía estar examinando la constelación de Orión que estaba quedando preciosa. Así que ni siquiera sabía que tenía alergia al polen hasta que estornudó.


Ni siquiera había sido su intención de dejar las primeras bacterias vivas en aquella agua tan azul, pero la tristeza de perder su mejor trabajo y la sinusitis le dejaron sin ganas de recoger y prefirió irse a la cama.


—Oye, ¿Qué es esto? ¿Un planeta? —Preguntó una bacteria a otra que pasaba por allí — ¿Qué es lo que hacemos aquí?


—No sé —respondió la otra examinando todo con aire crítico —pero creo que este mundo es un pañuelo.


—Bueno ¿Y qué hacemos?


— ¿Una fiesta?


Fue un error. Aquella noche fue tan alucinante, que aquello se llenó de hijos no deseados como las bacterias procariotas, unicelulares, heterótrofas, anaeróbicas y extremófilas… era el caos. Para cuando Dios se levantó de su depresión, ya estaba todo lleno de bichos dando algo de vida al lugar.


Lo primero que pensó fue en acabar con todas esas lagartijas gigantes antes de que fastidiasen su magnífico trabajo, pero la verdad es que ni tenía ganas de hacer nada, ni de probar otro intento con una raza perfecta. Así que al final, lo dejó tal cual estaba. Incluso pensó en poner un par de puertas y encerrarlas para tenerlas más a mano. Lo llamaría Jurasic park. Pero luego lo desestimó al darse cuenta de que si alguna se le escapa, sería un engorro buscarla por el ancho mundo y claro, tampoco podía dejarla morir sola. Naaa, hacer un parque de dinosaurios era una mala idea se viese como se viese.


El día que su mascota preferida fue mamá de cuatro Triceratop, a él también se le cayó la baba. Puede que la gente piense que ser Dios te hace inmune a las emociones, pero pasa más de cien millones de años con aquellos lagartos y dime que no les coges cariño. Hasta que no hubieron nacido los seres vivos, todo era armonía dentro del caos. Pero ahora, estaba entretenido. Además, se divertía mirando como corrían de un lado para otro explorando todas aquellas cosas que había pintado con tanto cariño. Por no hablar de las luchas a muerte, eso si que eran efectos especiales.


Aunque nunca lo había hecho, por una vez, sintió unas ganas irrefrenables de acariciar a una de esas aquellas bellas criaturas en la barbilla y hacerla “Cuchi, cuchi, cuchi”. Estaba emocionado con aquel bebé Triceratop que le miraba con adoración. De los nervios, no calculó bien la fuerza y al tocarle todo se movió.


¿Alguna vez un vaso se os ha caído de las manos y habéis intentado cogerlo en el aire? Pues eso precisamente es lo que le pasó a Dios aquel fatídico día.


Los volcanes entraron en erupción, los maremotos se dedicaron a llenarlo todo de agua, se fastidió la calefacción y el mundo entró en una época glacial…


—Mierda —se recriminó el todopoderoso agobiado con un golpe en la frente — ¿Qué digo yo ahora? ¿Qué se me olvidó darles de comer? ¿Qué dejé la puerta abierta? A ya sé, que ha sido un meteorito.


Si queridos lectores, porque esa excusa funciona siempre. Las rocas son un fenómeno de destrucción perfecto para echar la culpa ¿Qué mueren todos los dinosaurios? Un meteorito ¿Qué se hunde el Titanic? Un iceberg, que es como un meteorito pero de hielo ¿Qué Bruce Willis tiene que morir? Joder… que luche contra un meteorito y lo llamamos Armagedón. Sirve para todo.


“Continuará”

1 comentario:

  1. Je, je, je, que bueno, me ha gustado, esperare con impaciencia la segunda parte. Don.

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