miércoles, 22 de enero de 2014

La creación, esa rara casualidad 2

Por si acaso, en esta ocasión os recomiendo leer la primera parte (que está debajo de esta) para que haya continuidad, antes de empezar con esta entrada. Que la disfrutéis.

Tras el problema de los dinosaurios, Dios tardó un tiempo en recuperarse. Era incapaz de mirar a la tierra sin que le doliese ver que Saurus, colmillitos, tres dedos y el malo de Trex, habían desaparecido para siempre. Aquello no podía volver a ocurrir. Era ilógico que por un pequeño problema como un ligero apocalipsis, todo se fuese al traste. Era un asunto tan serio, como el incidente antes de crear la gravedad. Tenía que idear una solución para que aquello no volviese a ocurrir.


Al principio, pensó en cubrir todo con una red invisible alrededor del planeta; más que nada para que las cosas se quedasen dentro. Lo llamó, atmósfera. Funcionaba más o menos bien. Vamos que dejaba las cosas dentro. Pero estaban flotando sin control, como si les hubiesen dado un chute de Red Bull. Sin embargo, no era eso lo que quería. Además ¿y si en lugar de caerse al vacío infinito se quemaban? ¿Y si era un maremoto lo dejaba todo destrozado?




Necesitaba algo mejor que la atmósfera para esos asuntos. Algo, que le permitiese recuperar todo lo que se hubiese perdido fuese cual fuese la circunstancia. Noche y día se quedó pensando cómo solucionar aquel dilema sin encontrar respuesta, dejando olvidado aquel planeta.


Dios sabía que tenía la solución en la punta de la lengua, pero no conseguía verlo. Lo que necesitaba, era una base de datos donde se guardase una copia de los documentos. En su defecto, de cada una de las creaciones más importantes. O sea, solo de las mejores. Las que fuesen más buenas.


No sabía mucho de informática, pero a la grabación la llamaría ISO. Su sitio sería un cubículo cuadrado lejos del planeta. Así, cada vez que algo le pasase a una de sus criaturas, sabría dónde encontrarla. Era una idea perfecta salvo por el nombre. Cubículo cuadrado de la ISO, sonaba demasiado horrible ahora que se había acostumbrado a nombres cortos.


—Cubículo, camarote, armatoste, cajón de los trastos, cuartucho, gaveta, compartimiento —comentó Dios en voz alta sin que ninguno llegase a gustarle de verdad —¡Bah! A la mierda, si solo voy a poner la ISO. Lo voy a llamar para la ISO o mejor, paraíso que es más corto.


Así que una vez creada la copia de seguridad para las cosas buenas, lo llenó todo con ángeles para que se encargasen del cuidado, mantenimiento y recolección de las almas más puras. Y una vez más, volvió al mundo para llenarlo de lagartijas gigantes.


Lo que no esperaba era que en su ausencia, las cosas hubiesen cambiado otra vez. Contra todo pronóstico, no eran los leones ni los elefantes los dueños de aquel lugar. Ni siquiera las arañas, a las que había dotado de un aspecto más terrorífico que el de cualquiera. Para su sorpresa, la raza que mejor parecía adaptarse al planeta, eran una especie de simios amorfos que andaban dando pasos titubeantes por todas partes.


—Que monos —musitó Dios intentando pensar si merecía la pena el esfuerzo de cambiarlos por sus queridos dinosaurios.


Aquellos bichos, le parecieron mucho más inteligentes que ninguna otra especie conocida. Era como si hubiesen nacido para ser los reyes de la creación.


Mientras lo meditaba un día que estaba entretenido lanzando rayos para asustarlos, falló. En lugar de dar cerca de sus cuevas como era costumbre, alcanzó de lleno un árbol justo en medio de donde vivían. Al instante, la madera prendió en llamas llenándolo todo de luz y humo amenazando con asfixiarles. No solía fallar mucho, ya que era perfecto y todo eso, pero estaba de buen humor y lo había intentado con los ojos cerrados. Ahora, por desgracia, era posible que todos aquellos simpáticos monos muriesen.


Ya estaba pensando en ir al cubículo para la ISO —al paraíso se repitió mentalmente intentando acostumbrarse de una vez al nombre— cuando vio asomar por la entrada de una de las cuevas a una pareja de simios. Al contrario que el resto de los animales, estos seres en lugar de aullar de miedo, salieron al exterior a mirar aquel accidente. Dios miró el momento con la boca abierta, incapaz de creerse semejante valor en una raza que no tenía garras o colmillos.


Una de las criaturas extendió su mano y cogió una de las ramas aún ardiendo, mientras la miraba hipnotizado.


— ¡She gu tah han chocuys nes terio —Exclamó un homo erectus impresionado —shi bures miurinsecuola at guerim bugte sirus!


—Sheru maseo it bordiu setahkala —comentó cogiendo otra de las ramas su compañero, un homo sapiens mucho más tranquilo.


— ¡Shu aciremo yi casuv —Gritó una fémina que salió de la cueva con una cara de cabreo descomunal —utle bir serfusit!


Cuando la chica saltó sobre el homo erectus y empezó a pisarle las costillas, usando su cabeza de martillo para romper rocas, Dios sintió el mordisco de la curiosidad. Tomó uno de esos diccionarios que nunca leía sobre seres inferiores, y se empapó con su idioma.


Al final del día, casi podía entender la conversación por completo. Decía algo así como...


— ¡María ya he hecho el fuego! —Es lo que comentó el homo erectus — Cuando acabes de barrer, planchar mi taparrabos y vacíes el orinal, hazme unos filetes.


—Yo vecino te cojo una ramita, que así tengo calefacción central en mi cueva por si alguien quiere venir a pasar la noche conmigo.


Lo de la chica, era algo más difícil de traducir. Decía algo así como…


—Me cago en tu uta, upta,luta madre —esa palabra le estaba dando verdaderos quebraderos de cabeza a la hora de descifrarla —me voy con el vecino y que te den por culo subnormal.


Así que tras comprender aquella conversación, decidió dar el visto bueno a aquellos monos como raza inteligente. Aunque era una pena. Al matar al pobre homo erectus, esa rama de la creación resultó extinta. O eso pensó. Algunos siglos más tarde, descubriría que muchos otros hombres aún conservaban parte de aquellas ideas y podía seguir investigando. Pero no adelantemos acontecimientos.


Continuará

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