jueves, 17 de abril de 2014

Pintando la realidad


Si alguien quisiera escuchar, abriría la boca para contar un millón de ideas que pasan a la vez por mi cabeza. Si tuviese el valor de hacerlo, de hablar tal y como pienso, pintaría del color del arco iris todos los edificios de esta ciudad tan solo con mis palabras. Porque no me gusta conformarme en dejar las cosas tal y como son. De vivir en una ciudad que no tenga más que un color.


La vida es un sin fin de cambios, por mucho que nos duela. Nacemos, crecemos y descubrimos que aquellos niños que una vez fuimos son ahora hombres y mujeres con trabajos y vidas personales. No nos gusta, lo entiendo. Nos negamos a crecer manteniéndonos siempre con la esperanza de que el tiempo no ha pasado, de que no estamos solos.



La realidad es dura y cruel. A Cenicienta nunca la encontró el príncipe o quizás, sabedora de que era un fetichista, quiso mantenerlo lejos de ella por si acaso. Los enanitos, pagaban en negro a Blancanieves a la que nunca respetaron por considerar poco más que una chacha. El lobo pudo comerse a Caperucita porque los recortes en educación, privaron de maestros el pueblo en el que vivía. Todo eso es verdad, después de todo, los cuentos nunca son como nos los contaron cuando éramos pequeños.



Esa época en la que un padre comprensivo y una madre protectora, nos cobijaban del mal en el mundo cantando una absurda canción de cuna. ¿Qué clase de araña es capaz de tejer un hilo en el que puedan balancearse veinte elefantes sin romperse? A mí, ahora que lo entiendo, me da miedo. Al igual que me da miedo que a la gente le asuste pensar. Que pocos comprendan la importancia de sus decisiones y de lo importantes que son en esta vida.


El valor es aquello que hace dar un paso hacia adelante cuando todos retroceden. La temeridad, es correr contra los avisos de peligro que manda la mente. Pero ¿acaso no envidiamos a aquellos héroes que se enfrentaron al mundo por sus convicciones? Williams Wallace, Martin Luther King, el "Che" Guevara, Mathama Gandhi... ¿Qué tenían ellos que no tengamos nosotros?


Que siguieron un objetivo en contra de todo lo que les dictaban. Que querían la libertad de ser ellos mismos, sus pensamientos, su pueblo... Porque esa es la verdad, estamos aprisionados por nuestros propios miedos sin una solución enfrente. Poco a poco el mundo sigue su curso, mientras nos quedamos atrás por no atrevernos a tomar decisiones que cambiarían el curso de la historia ¿Acaso no es importante lo que pasa en Kiev? ¿Acaso nos da igual quien dirija Venezuela? ¿Es que no podemos hacer nada por cambiar eso?


Claro que si, puede empezar a importarnos. Podemos pedir información. Podemos dejar de mirarnos el culo para ver si estamos más gordos y entender que las cosas cambian, duelen pero somos adultos y no tenemos que conformarnos con pensar donde queremos irnos de vacaciones, sino que los problemas de corrupción, de educación, de sanidad, de extranjería aún no tienen solución ni se prevé que la tengan pronto. Que los políticos atropellan inocentes motos para poder escapar de la policía sin que pasa nada notorio aparte de unas pocas risas a su costa mientras que tú, por robar algo de carne en un supermercado tras haber sido desahuciado y perder el trabajo con la nueva reforma laboral, acabas en la cárcel el mismo día.


Desde mi ventana, a lo lejos, puedo ver las montañas. Me gusta mirar por ella porque me relajo, porque hace que la belleza se extienda por mi ser y quiera cambiarlo todo. Solo soy un hombre de treinta y seis años con la fantasía de hacer soñar al mundo entero con sus historias. Un pobre escritor enamorado de los dragones y miles de criaturas que tiene bien claro que lo que más le gusta de este trabajo es que al cerrar el libro, sus monstruos se quedan ahí.

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