El delincuente

Si algo era seguro es que Greig Maryon odiaba las armas. El olor de la pólvora no le gustaba ni siquiera en los fuegos artificiales. Ese toque a quemado provocaba que siempre se le arrugase la nariz en un tic incontrolable y que se le tensasen los músculos de su boca intentando no gesticular. Para él no había nada más estúpido que un hombre de sesenta años al que un mal olor le cambiase la cara como si fuese un niño pequeño.


También estaba el hecho de que aquellos que tenían armas siempre pensaban que solo las iban a utilizar en caso de emergencia. Como si hubiese habido alguna vez que no se hubiesen disparado por error. Si no era el dueño sería el amigo, si no la esposa cuando no ocurriese una desgracia y lo hiciese un hijo. No era un quizás, ni siquiera un a veces, quién tenía un arma tentaba al destino.



En su manera de ver la vida solo debían tener licencia aquellas personas que hubiesen pasado un examen psicológico exhaustivo y perteneciesen a cuerpos especiales del estado. Sin excepciones. Una vez finalizaban su contrato deberían quitárselas. Sin excepciones. Las excepciones solo eran excusas para los idiotas que creen merecerse un juguete sin el cual no sabrían defenderse.


Su política, que blandía orgulloso ante cualquiera que la quisiese escuchar, era que si una persona tenía una pistola las probabilidades de que aquel trasto provocase una tragedia empezaban a sumarse.


Pero el mundo no era como debía ser y había tres tipos de personas que siempre iban armados. Los profesionales del gobierno, los delincuentes peligrosos y las personas desesperadas. Y él encajaba en las tres.


—Por curiosidad ¿cuánto cuesta hacer cada pastilla? —preguntó con aquella voz rasposa que le caracterizaba.


—Unos tres euros —respondió la chica intentando ignorar la pistola que tenía frente a su cara.


—Es un buen precio. Dámelas todas.


Posicionó la mochila abierta frente a ella para que se la llenase. Mientras se giraba examinando al resto de las personas tiradas en el suelo para comprobar que ninguna se movía, inspiró con fuerza intentando mantener sus nervios a raya.


—Ya está —musitó la muchacha cuando vio que no cabían más botes allí dentro —. Por favor, váyase ahora.


Greig ignoró el comentario con un movimiento de su pistola que puso pálida a la chica.


—No me gusta que me den órdenes —señaló unas vendas que había sobre un estante —. Pásamelas y no quiero oír ni una sola palabra más de ti si no quieres acabar con tus sesos por el suelo.


Tan pronto tuvo las vendas en su poder agarró a la chica del pelo y la obligó a caminar para tirarla con el resto de los rehenes.


Una vez más se repitió que tenía que hacerlo. Así que disparó en el aire para intentar que a todos los presentes les abandonase el valor de contradecirle. Odiaba aquel olor, pero más odiaría que alguien tuviese un ataque de valor innecesario y tuviese que matarlo.


Lo haría. No tenía que dudar. No había lugar para la compasión allí dentro por mucho que su conciencia gritase que lo que estaba haciendo estaba mal.


—¿Alguien sabe cuánto cuestan unas vendas en una tienda cualquiera?


Tuvo que repetir la pregunta para que un chico, de unos treinta años, encontrase la fuerza de voluntad suficiente para hablar.


—Puede que un euro.


—Vale —se acercó hasta uno de los hombres trajeados que estaban tirados al fondo —. ¡Tú, levanta!


No quiso. El hombre ignoró a propósito la orden como si aquello no fuese con él. Por lo menos hasta que la pistola caliente se apoyó contra su sien. El lloriqueo de sus labios era algo audible.


—Te vendo las vendas —le comentó Greig.


—¿Cómo?


El golpe que el secuestrador le metió en la cabeza con la culata del arma le tiró de cara contra el suelo.


—¡Levántate! —le ordenó Greig —¡He dicho que te levantes!


Ni siquiera le dio tiempo para obedecer cuando le agarró del pelo y le obligó a erguirse.


—Por favor no me mates —suplicó.


—¿Te he dicho yo que hables?


—No.


—Claro que sí, —Greig soltó un suspiro que sonó más cansado que molesto —te he hecho una pregunta y quiero una respuesta ¿me compras las vendas?


La confusión del hombre terminó cuando vio como aquel delincuente volvía a levantar la culata de la pistola.


—Sí claro. Te las compro todas.


La sonrisa de Greig era genuina.


—Perfecto. Son dos millones cada una y tengo tres paquetes que acabo de coger. ¿Te parece un buen precio?


El miedo a que le pegasen un tiro era malo para regatear.


—Sí. Es un precio magnífico.


Un segundo golpe le tiró de nuevo.


—¡Levanta! —gruñó de satisfacción cuando vio cómo su orden era obedecida al instante —Acabo de subir mi precio. Cada venda son seis millones de euros.


—De acuerdo —murmuró el hombre al que la sangre le estaba resbalando por la frente —pero por favor no dispare.


—El precio acaba de subir a diez millones por venda —su voz se volvió un susurro peligroso —espero que no te importe señor Farengeith.


La cara de horror del hombre era digna de piedad. Un sentimiento para el que Greig no había dejado espacio en su corazón aquel día. Llevaba planeando ese golpe mucho tiempo y tuvo que esperar a que todas las condiciones se reuniesen, como que aquella persona estuviese allí, antes de atreverse a seguir adelante con esa locura.


—Por favor, le pagaré. Solo deme tiempo para reunir el dinero y le pagaré.


Incluso a su pesar Greig no pudo evitar sentirse impresionado.


—¿Os imagináis el dinero que tiene que tener este cabrón para poder pagar vendas a diez millones de euros? —preguntó en general —Eso solo me hace ver que soy un ignorante. Aprendí mucho de la manera en que su compañía hace negocios. Todo eso de la oferta y la demanda y...


El tiro que metió le pilló casi de sorpresa. Casi, pero alcanzó de lleno el hombro del señor Farengeith como era su intención.


Greig movió el arma con rapidez asegurándose de que nadie osaba levantarse antes de volverse hacia el herido que gritaba de manera dolorosa.


—La ley de la oferta y la demanda. El precio de las vendas ha subido a veinte millones cada una ¿puede pagarlo?


Parecía como si el señor Farengeith no fuese a responderle.


—Podré, solo déjeme hacer una llamadas y reuniré el dinero pero por favor...


Fue incapaz de continuar. Su voz se convirtió en un galimatías sin sentido cuando vio como aquel hombre acercó el arma a su cara.


—Hagamos una cosa, vamos a redondearlo a treinta millones.


—¡No tengo tanto dinero!


La sonrisa en la cara de Greig mostraba orgullo.


—¡Chis! No se altere y no me levante la voz.


—Lo siento —el lloriqueo de sus ojos se mezclaba con la sangre de sus manos.


—Lo sé. Verá, entiendo su punto de vista. Yo le estoy cobrando treinta millones por venda y usted solo tiene un agujero...


—Por favor, no...


Su súplica quedó cortada cuando el disparo le alcanzó la pierna.


—¡Que nadie ose levantarse! —demandó Greig al ver que los rehenes se movían inquietos antes de centrar de nuevo su atención en el objetivo —Dos tiros dos vendas ¿ve como ahora no se sentirá estafado?


Si algo había que reconocer al señor Farengeith fue el esfuerzo que demostró al levantar la cabeza para mirarle a los ojos a pesar del ramalazo de dolor que recorrió su organismo.


—No me mate. Por favor no me mate. No quiero morir.


—¿Alguien quiere? Estoy seguro que no. Pero vamos por sesenta millones y aún me queda una venda que no puedes usar... Verás que me encuentro en una encrucijada —con ademán descuidado le pasó un trozo de papel con unos números apuntados —. Mete aquí los sesenta millones y ya veremos si puedo vivir con mi conciencia y no hace falta que sigamos haciendo negocios con la venda que queda.


—No tengo tanto dinero para hacer esa transferencia...


El miedo en su voz le hacía verse patético. Había quedado lejos de aquel bravucón sonriente que salía en los carteles anunciando su empresa.


—Pues mete el máximo que puedas y si no me gusta...


Dejó la frase en el aire mientras movía el arma como si fuese un juguete. Siempre había detestado cuando alguien salía haciendo eso en las películas. Era no tratar al arma con el respeto que se merecía, pero parecía como si ese acto le diese una seguridad en si mismo que no sentía.


Intentó no inmutarse cuando Farengeith sacó su móvil y empezó a pulsar los números. Si estaba mandando un mensaje y la policía venía antes de lo acordado…


—Ya está. Aquí tiene —le informó mostrando la pantalla donde podía verse la transacción —. Ahora márchese por favor.


Treinta y cinco millones de euros. Una cantidad nada desdeñable.


—¿Siente que le estoy robando? —preguntó en un tono de burla.


—Ya tiene su dinero por favor...


—Le he hecho una pregunta.


—¡Me está robando! —chilló Farengeith.


Greig puso cara de sorprendido.


—¿Yo? Que va... he robado a su compañía farmacéutica unas pastillas que no llegaran a los cien dólares entre todas y a usted le estoy proveyendo de un artículo que necesita —la calma con la que intentó llevar todo eso desapareció transformándose en furia —. ¿No es lo que alegó cuando puso a sesenta mil euros el tratamiento de tres meses que valen estas putas mierdas? ¿No es lo que dijo cuándo fingía querer llegar a un acuerdo con el gobierno español mientras la gente se moría por hepatitis?


El disparo esta vez fue en el aire, pero rompió del todo al hombre que tras el brinco inicial no dejó de llorar en el suelo.


—Lo siento —repetía una y otra vez Farengeith —lo siento mucho.


—¿Que lo sientes? —Greig acercó su pistola hasta esa cabeza desalmada deseando apretar el gatillo —Cada céntimo de tu cuenta es el esfuerzo de alguien enfermo que lucha por salvar su vida. No estamos hablando de trabajo o interés, sino de asesinatos. Estás manchado por la sangre de todos aquellos a los que dejaste morir si no te pagaban lo que pedías.


—Es mi trabajo. Todos tenemos derecho a...


—Asesinato por omisión de socorro —le cortó sonriendo con tristeza —a lo mejor se le ocurre a algún juez para meterte en la cárcel. Tenías los medios pero no quisiste. Eres un genocida.


—¡Yo no soy el único qué...!


La frase quedó cortada cuando le golpeó en la cara con la mano.


—Eso no te excusa de hacer lo correcto. Todos deberíamos mirar más allá de nuestro bolsillo y por alguien se tiene que empezar...


Disparó.


Aún oía su lloriqueo mientras Greig se alejaba intentando resistir el impulso de acabar con una vida humana. Fuese cual fuese la excusa para tal fin, siempre estaba mal. No dejó de repetirlo mientras su corazón le decía que estaba tiempo de darse la vuelta y pegar cuatro tiros en la cabeza a ese hombre. A ese malnacido. A ese…


El coche estaba preparado y por muy rápida que llegase la policía cuando la avisasen con algún móvil ya tenía su ruta planeada. A pesar de todo se tomó un momento para gritar allí dentro con todas sus fuerzas mientras zarandeaba el volante.


Intentó quitarse las salpicaduras de sangre de sus manos temblorosas frotándoselas contra la ropa sin mucho éxito. Había sido peor el remedio que la enfermedad. Ya daba igual. Se miró en el espejo retrovisor intentando recobrar la calma antes de arrancar el motor y ponerse en marcha.


El robo había salido bien. Estaba seguro de que aquel cabrón recuperaría el dinero de alguna forma, pero no sin levantar revuelo entre algunos periodistas de lo que había ocurrido allí dentro. Tenía que saberse. Lo que estaba ocurriendo en la sociedad no podía quedar en el olvido.


Aparcó a unas pocas manzanas de la asociación de hepatitis a la que pertenecía y fue caminando con el corazón bombeándole sangre a toda velocidad. Ahora era un delincuente y sentía que todas las personas con las que se cruzaba por la calle sabían su secreto. Le costaba hasta respirar. De un momento a otro alguien le reconocería, se pondría a chillar y…


Su imaginación estaba demasiado activa. Era demasiado pronto. Nadie había dado la voz de alarma. Aún tenía algo de tiempo antes de que se pusieran a buscarle en serio.


Dejó la mochila justo frente a la puerta de la asociación con una nota que informaba que eran esas pastillas que había en su interior. No había habido ningún muerto en el atraco y con el acto de ahora salvaría vidas. Esperaba que el karma se equilibrase.


Cuando los agentes le detuvieron estaba en el cementerio frente a la tumba de su hijo al que había enterrado no hacía ni tres meses. Había disparado a una persona, robado a una multinacional y amenazado a unos trabajadores que solo querían un sueldo a fin de mes. Iría a la cárcel gustoso por ello, pero allí dentro, en una lúgubre tumba, un alma sin pecado dormía el sueño eterno por el único crimen de ser pobre.

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Lo primero que quiero decir es que aunque la trama y los nombres son inventados, los datos y precios son reales.


Para mí, la sanidad es algo con lo que no se debería ni jugar ni hacer negocio. Eso no quiere decir que las compañías farmacéuticas no deberían tener beneficios al vender sus productos, todos queremos que nos valoren y nos paguen por lo que hacemos, pero no a los precios ridículos a los que están llegando. Eso olvidando la infinidad de veces que ocultan efectos secundarios en sus medicamentos para vender más... personalmente un acto tan deplorable solo se arreglaría mandando a la cárcel tanto al dueño de la compañía como a todos aquellos que sabiéndolo ocultaron la información, haya o no víctimas mortales.


Al acabar mi historia el señor Farengeith aprendía la lección y ponía los medicamentos a un precio razonable para la gente. Pero lo tuve que borrar. No quiero que ese final forme parte de este relato. Prefiero creer que si dejo espacio a la realidad la conciencia de estas personas hará que se den cuenta del dolor que están causando y actúen como los seres humanos que deberían ser.


Dejad de reíros... soy un soñador y la esperanza es lo último que se pierde.

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