miércoles, 19 de febrero de 2014

Cuando las hormigas pican

A medida que el refresco dejaba una mancha de humedad sobre el bordillo en el que estaba sentado, Ajouter observó como la condensación creaba en su superficie gotas de agua que resbalaban por la lata con una calma abrumadora. Nunca acabaría de acostumbrarse al clima de esa jodida ciudad; el frío que la otra noche le había sorprendido caminando por las calles, parecía haberse retirado ante las amenazas de un sol que nunca terminaba de calentar lo bastante.


Frente a él, unos chicos de no más de dieciséis años bamboleaban con energía un delgado árbol con la intención de romperlo. De izquierda a derecha, el flexible tronco luchaba con todas sus energías los intentos que esos chicos hacían por doblegarlo.



Por un instante, Ajouter se sintió tentado de levantarse y echarlos de allí. De amenazarles hasta que huyesen escandalizados por su falta de respeto hacia la vida y la sociedad. Pensó todo eso mientras se llevaba la lata a la boca y tomaba otro trago sin moverse en absoluto. Conocía todas las variantes de esa aventura y nunca terminaba bien. Esos niños llevaban casi quince minutos en su proceso de destrucción pero seguro que cuando él se levantase, en menos de dos minutos, un par de simpáticos agentes aparecerían para acabar con la vejación hacia una pandilla de niños inocentes. Él esposado otra vez y respondiendo preguntas que odiaba. Fin del cuento.


Ni siquiera el dulzor del refresco consiguió acabar con la bilis que se empezaba a formar en su estómago. No era muy dado a dejarse llevar por sentimientos malos. Su madre le había repetido toda su vida que si se dejaba llevar por ellos, devoraban lo bueno que había en él y no iba a permitirlo. A pesar de todo, odiaba sentirse tan impotente.


El éxito de los adolescentes sonó como un crujido mientras gritos de triunfo aullaban victoriosos. Nadie se giró a mirarles. Nadie dijo nada. El cadáver de un muerto de madera quedó en el suelo sin que nadie lo llorase. Ajouter tuvo a bien esperar a que los niños se alejasen de la escena del crimen antes de acercarse al árbol. Pasó la mano con ternura sobre la rugosa madera y con unas palabras de despedida se disculpó por sus semejantes.


Cada mañana, tras una entrevista sin éxito para encontrar trabajo, le gustaba ese sitio para tomarse un descanso y almorzar algo. La belleza de los parques en Madrid poco tenía que ver con la fuerza agresiva de la que hacía gala la madre naturaleza en África y a la que estaba tan acostumbrado. Desde luego, a su manera, España era tan hermosa como le habían prometido. De un control y una belleza que no tenía cabida en su país se recordó mientras miraba como goteaba la savia por el tronco roto.


Aún podía hacer unas cuantas cosas más antes de ir a casa, pero hoy no estaba de humor para seguir dando paseos infructuosos y decidió darse por vencido. Estaban a miércoles y ya llevaba siete entrevistas de trabajo ¿qué más daba si por una vez se iba a casa? Tampoco era que nadie pudiese culparle por ello.


De los ocho compañeros con los que convivía, fue Einstein el primero que vino a saludarle. El gato, había recibido el nombre de los inquilinos medio en broma alegando que era el más listo de todos los que vivían allí. Cada vez que tenía hambre se daba una vuelta sin que nadie averiguase por donde entraba y cuando la saciaba, desaparecía.


De modo inconsciente, Ajouter bajó la mano para acariciarle mientras evaluaba el destrozo que había en la casa. Lo que más le molestaba de la convivencia en grupo era que cuando alguno de sus compañeros se saltaba su turno de limpieza, los demás se sentían en la obligación de no hacer nada para igualar responsabilidades. Parecían no darse cuenta de que si vivían como guarros, la vida no sería mejor. Bastante les estaba costando adaptarse para no tener un plato limpio en el que comer cuando estuviesen en su propia casa.


Cogiendo a Einstein entre sus brazos, se fue al cuarto a ver si conseguía dormir algo. Al entrar, ni siquiera le molestaron los ronquidos de Osseynou, el albañil del grupo, que dormía a pierna suelta hasta el comienzo de su turno.


En cierta forma, se sentía con menos derecho a dormir bien que el resto de los habitantes de esa casa. Aunque nunca le habían dicho nada, de todos los integrantes del grupo Ajouter, era el único que aún no había encontrado trabajo. El poco dinero que conseguía reunir no llegaba ni de lejos para cubrir su parte de alquiler y eso le reconcomía por dentro. Jamás se había imaginado al llegar aquí, que tendría que suplicar por unas pocas monedas. Él, era técnico superior en agricultura con buenas notas y unos conocimientos que nadie en su curso podía igualar. Pero aquí, su querido título bien podía servir para limpiarse el culo.


Qué no era el hombre adecuado. Qué el puesto está cubierto. Qué no tenía suficiente experiencia. Qué sus conocimientos no son los adecuados. O la de esta mañana, no hablas bien el español. El español. A él le habría gustado ver al gilipollas del encargado hablando fulfulde, hausa o suahili con la fluidez que él lo hacía.


Cada vez estaba más convencido de que tenía que haber probado en Francia. Sus conocimientos del francés eran mejores. El español era mucho más complicado de lo que había pensado en un primer momento. Maldita sea, si una sola palabra podía significar mil cosas distintas.


Einstein bufó malhumorado protestando ante la fuerza con la que estaba agarrando su pelambrera.


—Lo siento compañero —se disculpó Ajouter volviendo a su rutina de cómodas caricias.


Mirándole, como si evaluase su frustración, el minino volvió a ronronear de placer mientras se acomodaba de nuevo entre sus piernas. No era de extrañar que tuviese nombre de genio, lo era. Él sabía lo que quería y lo conseguía a pesar de todo. Le envidiaba. Era un gato entre un millón. Él, solo un hombre como millones.


Con algo de leche, comida en lata y una ronda de caricias era feliz. Mucha gente podía ser feliz así. Pero Ajouter necesitaba algo más para sentirse realizado. Él era como una hormiga que necesitaba de un trabajo para sentir que controlaba su vida. Estaba cansado del desprecio que veía en la gente cuando tendía la mano para pedir una limosna y poder comer, cansado de la hipocresía cuando le decían que fuese a la indigencia a pedir ayuda y luego oírles criticar lo que se abusaban de ellas. Él no quería ayuda, quería un trabajo.


Toda hormiga que se precie, sabe que tiene un lugar importante en la labor de su hormiguero. Desde la reina hasta la obrera más pequeña, cada cual tiene una misión en su vida por la que se le respeta y se la valora. Un trabajo grupal que las mantiene fuertes y alimentadas e incluso las hace temibles. ¿Quién no tiembla cuando ruge la marabunta?


Era digno de admiración. Una vida dedicada a apoyarse en los demás para seguir adelante como especie.
Un ronquido especialmente fuerte de Osseynou le devolvió a la realidad robándole una sonrisa triste. Él tenía allí su pequeño hormiguero con ocho compañeros. Todos con una función para apoyarse los unos en los otros y seguir adelante en medio de una crisis a nivel mundial. No era fácil para nadie, pero lo intentaban.


Puede que las cosas no fuesen como él quería, pero por lo menos dormía caliente y tenía comida en su plato sin que nadie le reprochase nada. Era un gato por mucho que quisieran ser una hormiga. Aunque bueno, si insistía sobre lo del trabajo, aún estaba a tiempo de levantarse y recogerlo todo.

3 comentarios:

  1. muy bueno...no me lo esperaba asi pero es una buenisima reflexion. me he puesto en su lugar y he sentido su rabia y dolor. muy bueno...

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